"¿Qué te crees que estás haciendo"? Deberías estar intentando escapar con todas tus fuerzas pero estás aquí, tirado. Lo único que vas a conseguir así, va a ser una muerte más lenta".
Intento levantarme y, poco a poco, lo consigo. Cuando me pongo de pie, me mareo. Veo que hay una bandeja con comida sobre una mesa de plástico blanca. Devoro el pan duro y el queso y por poco no me atraganto al beberme toda la jarra de agua de un trago. Debo llevar aquí cerca de una semana, por lo que estoy famélico.
Tengo que empezar a pensar un plan. No sé qué voy a hacer, pero tengo que hacer algo. Una idea empieza a tomar forma en mi mente. Vuelvo a acercarme a la puerta, en parte para comprobar que siga cerrada y en parte para examinarla. No tengo ninguna duda de que me están vigilando pero no me importa que sepan que intento escapar. De hecho, creo que es lo que esperan de mí.
La puerta es poco gruesa, con un solo anclaje. Cuando acabo mi inspección, me vuelvo para observar la habitación. En una esquina hay una cámara, solo perceptible por la luz intermitente roja. También hay unos pequeños tubos, que parecen parte del sistema de ventilación pero ¿quién me dice a mí que no me gaseen por ellos? Decido meter un poco de miga de pan, que ha sobrado, por los agujeros.
Ahora, echo agua sobre la cámara. Solo unas gotas, lo justo para que deje de funcionar, al menos hasta que se seque.
Ahora ya puedo poner en marcha mi plan. Me siento en el catre y me concentro, buscando a la totalidad de mis clones. Hay unos cuantos cerca de mí, casi un centenar. Tomo el control sobre todos ellos y, gracias a eso, sé dónde estoy y dónde está mi padre. Hay unos cuantos clones más lejos, y esos son los que elijo para que vigilen. Los otros hacen dos grupos: uno que me rescate a mí y otro que vaya a por mi padre.
En unos minutos empiezo a oír las pisadas, acercándose. Unos momentos más tarde, mi puerta empieza a crujir. Una embestida más y la puerta cae. La de mi padre también está a punto de caer.
Me dirijo hacia allí con mis clones. Cuando llegamos, la puerta ya ha caído, pero mi padre sigue dentro. Me abro camino a través de los clones y llego hasta una celda igual que la mía.
-Papá. soy yo. Ya podemos irnos. Tenemos poco tiempo, date prisa.
Me acerco un poco más y veo que sigue dormido, bocabajo. Le sacudo por el hombro y, como no reacciona, le quito la manta.
Su espalda está hecha jirones. No queda nada de piel que se pueda salvar y, entre la sangre seca, veo surcos en la carne que solo pueden ser obra de un látigo. Mantengo la calma y trato de pensar.
Cojo la jarra de agua y le limpio las heridas. A la escasa luz de una bombilla, veo que tiene solo cinco latigazos, pero que son realmente profundos.
Hago que dos de mis clones lo carguen, poniendo especial cuidado en que no le toquen la espalda y en su cuello, ya que no sé si tiene lesiones medulares.
-En marcha -digo cuando juzgo que está todo lo acomodado que puede estar.
Los clones restantes forman una pared de protección a nuestro alrededor. Gracias a los recuerdos de mis clones, sé cuál es el mejor camino para salir de aquí. Solo nos cruzamos con otras dos personas antes de llegar a nuestro destino y mis cómplices dan buena cuenta de ellos.
La armería está abierta y no hay nadie dentro. Busco mis armas cuando me acostumbro a la oscuridad del interior. Mis espadas, con sus vainas, vuelven a mi espalda. Escondo un par de cuchillos por mi ropa y cojo unas pistolas con unas cuantas recargas, pensando en cuando mi padre se despierte.
Ya armado, salgo de la habitación y nos dirigimos hacia el hospital. Allí hago la mejor cura que puedo, pero sé que no es suficiente y que tendré que confiar en la fortaleza de mi padre. Hago que un clon cargue con un maletín de primero auxilios, con lo básico por si nos hacemos una herida. Cuando voy a salir, oigo una voz detrás de mí.
-Dániel -conitnúa en un susurro-. Llévame contigo.
Me doy la vuelta y veo a Iris, tumbada en una camilla que no había visto por las cortinas que la rodeaban. Niego con la cabeza y retrocedo.
-Después de traicionaros, tu madre me encerró para asegurarse de que no hacía lo mismo con ella. Lo que ella no sabía es que estaba embarazada y, con las torturas he perdido al bebé -rompe a llorar y yo me quedo sin palabras-. Llévame contigo, por favor -repite.
Tembloroso, yo asiento.
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lunes, 15 de julio de 2013
lunes, 8 de julio de 2013
Capítulo 38
Varias voces se alzan, demostrando su acuerdo. Yo no digo nada, simplemente me quedo sentado y estrechando la mano de Iris, que se mantiene a mi lado, también en silencio.
Cuando las voces se acallan, mi padre continua:
-Tenemos que decidir qué va a pasar con ella cuando la capturemos. Para ello, vamos a votar. A cada uno se le va a entregar una pieza de papel y un bolígrafo. Todos estamos de acuerdo en que debe ser castigada, y en la anterior reunión reducimos nuestras opciones a dos: pena de muerte o cadena perpetua.
>Procedamos con la votación.
Un par de personas, que se habían quedado en un discreto segundo plano, pasan al frente portando un taco de papeles y un montón de bolígrafos. Cuando todos están repartidos, veo que todos tapan lo que escriben con las manos. Me apresuro a hacer los mismo, dejando solo a Iris para que vea lo que estoy escribiendo. Todos han levantado ya las cabezas pero Iris y yo aún estamos frente a nuestros papeles en blanco. Cuando pienso en todo lo que nos ha hecho aquella que decía ser mi madre, la ira me embarga y me empiezan a temblar las manos.
Antes de darme cuenta, he garabateado sobre el papel: "muerte".
Iris me mira fijamente, con una expresión triste en los ojos. Veo que ella ha escrito una sola palabra.
Esperando que sea la misma que yo, me esfuerzo en leerla. Me quedo inmóvil, paralizado.
Siento todas y cada una de las miradas puestas sobre nosotros.
Iris articula dos palabras con los labios, sin emitir ningún sonido: "lo siento".
"¿Qué está pasando? Esto no puede ser real" pienso cuando releo lo que Iris ha escrito.
La palabra que ella ha escrito ha sido "libre". Cree que debemos dejar a mi madre libre.
Mi primer impulso es delatarla ante el Consejo, pero no puedo. No después de todo lo que hemos vivido.
Tomo una decisión: no puedo dejar que los sentimientos se antepongan a mi deber.
Endureciendo mi corazón me pongo en pie. Cuando abro la boca, pasa algo que no me esperaba.
Todo estalla.
-Buenos días dormilón -oigo una voz junto a mi oído.
Me desperezo y me siento en el catre de tablas sobre el que estaba tumbado. Veo a Iris a mi lado.
Me alejo de ella, temeroso, pero sin saber por qué.
-¿Qué te pasa?
-Aléjate de mi -digo, con voz temblorosa-. Eres una traidora.
Ahora me acuerdo de todo.
-Lo siento, de verdad -dice agachando la mirada.
-Eso no es suficiente. Por fin estábamos en el buen camino. ¿Por qué lo hiciste?
-Por libertad.
Cuando se da la vuelta y sale por la puerta, intento seguirla pero no puedo. La puerta está cerrada.
Me han vuelto a atrapar.
Me doy la vuelta y me tiro sobre el jergón.
Entonces, lloro.
Cuando las voces se acallan, mi padre continua:
-Tenemos que decidir qué va a pasar con ella cuando la capturemos. Para ello, vamos a votar. A cada uno se le va a entregar una pieza de papel y un bolígrafo. Todos estamos de acuerdo en que debe ser castigada, y en la anterior reunión reducimos nuestras opciones a dos: pena de muerte o cadena perpetua.
>Procedamos con la votación.
Un par de personas, que se habían quedado en un discreto segundo plano, pasan al frente portando un taco de papeles y un montón de bolígrafos. Cuando todos están repartidos, veo que todos tapan lo que escriben con las manos. Me apresuro a hacer los mismo, dejando solo a Iris para que vea lo que estoy escribiendo. Todos han levantado ya las cabezas pero Iris y yo aún estamos frente a nuestros papeles en blanco. Cuando pienso en todo lo que nos ha hecho aquella que decía ser mi madre, la ira me embarga y me empiezan a temblar las manos.
Antes de darme cuenta, he garabateado sobre el papel: "muerte".
Iris me mira fijamente, con una expresión triste en los ojos. Veo que ella ha escrito una sola palabra.
Esperando que sea la misma que yo, me esfuerzo en leerla. Me quedo inmóvil, paralizado.
Siento todas y cada una de las miradas puestas sobre nosotros.
Iris articula dos palabras con los labios, sin emitir ningún sonido: "lo siento".
"¿Qué está pasando? Esto no puede ser real" pienso cuando releo lo que Iris ha escrito.
La palabra que ella ha escrito ha sido "libre". Cree que debemos dejar a mi madre libre.
Mi primer impulso es delatarla ante el Consejo, pero no puedo. No después de todo lo que hemos vivido.
Tomo una decisión: no puedo dejar que los sentimientos se antepongan a mi deber.
Endureciendo mi corazón me pongo en pie. Cuando abro la boca, pasa algo que no me esperaba.
Todo estalla.
-Buenos días dormilón -oigo una voz junto a mi oído.
Me desperezo y me siento en el catre de tablas sobre el que estaba tumbado. Veo a Iris a mi lado.
Me alejo de ella, temeroso, pero sin saber por qué.
-¿Qué te pasa?
-Aléjate de mi -digo, con voz temblorosa-. Eres una traidora.
Ahora me acuerdo de todo.
-Lo siento, de verdad -dice agachando la mirada.
-Eso no es suficiente. Por fin estábamos en el buen camino. ¿Por qué lo hiciste?
-Por libertad.
Cuando se da la vuelta y sale por la puerta, intento seguirla pero no puedo. La puerta está cerrada.
Me han vuelto a atrapar.
Me doy la vuelta y me tiro sobre el jergón.
Entonces, lloro.
sábado, 8 de junio de 2013
Capítulo 37
El pasillo parece una eternidad mientras me dirijo hacia la potente luz blanca que alumbra el final. Iris sigue cogida de mi mano y me prometo no soltarla, pase lo que pase. Liam está delante de nosotros, mirando fijamente al frente pero veo que Rebeca se vuelve cada poco tiempo.
Cuando llegamos al umbral de una enorme puerta, se queda mirándonos. Me estremezco ante su escrutinio pero veo que no se está fijando en mí, si no en algo que hay detrás. Al darme la vuelta, solo veo una puerta, ligeramente disimulada en las sombras.
Cuando me vuelvo, Rebeca esboza una sonrisa y un asentimiento prácticamente imperceptible sacude su melena. Ahora que me doy cuenta y la veo a la luz, veo que tiene el pelo rojo fuego. Y los ojos morados, muy morados...
Vuelvo a la realidad con un estremecimiento, sintiéndome culpable por algo que no he hecho. "Que esté enamorado de Iris, no significa que no me puedan parecer atractivas otras mujeres" razono. "No hay nada por lo que tenga que sentirme mal".
Sacudo la cabeza y me percato de que el pelo me ha crecido mucho. Pronto me lo tendré que cortar, si no quiero que me bloquee la visión.
Entramos en la habitación y nos quedamos en el zaguán de la puerta hasta que los ojos se nos acostumbran al potente brillo. Seguimos entrando, y vemos que hay una enorme mesa redonda al rededor de la cual están sentados más o menos una veintena de personas.
Todas las miradas se vuelven hacia nosotros y más de cuarenta ojos morados se centran en mí. Me quedo clavado en el sitio, sin saber qué hacer o decir. Cientos de ideas se me pasan por la cabeza, pero una predomina sobre las demás: "Si suelto a Iris, todos estos tigres se abalanzarás sobre mí". Sonrío ante esta idea y aprieto la mano de Iris, que me devuelve el apretón.
Liam nos guía hasta un par de sillas vacías. Iris y yo nos sentamos pero ellos dos se quedan de pie, detrás de nosotros.
Pasados unos minutos, la conversación vuelve a inundar la sala hasta que llega mi padre. En ese instante se callan todos. Mi padre se sienta a mi lado y me sonríe.
-El Consejo ha empezado. Callaos -dice, aunque no hace falta ya que hay un silencio sepulcral-. El tema a tratar en esta reunión es la nueva adquisición de nuestro grupo. Mi hijo Dániel y su compañera Iris.
Nos hace una seña para que nos levantemos y lo hacemos, con el rubor cubriendo nuestras caras. Nadie aplaude, pero tampoco hay un clima de tensión. Mi padre no parece preocupado por la fría acogida, así que yo decido no preocuparme tampoco.
Después de unas cuantas vanalidades más, mi padre hace una pausa y dice:
-Ahora lo que nos ocupa es decidir su destino.
-¿El de quién? -pregunto.
-El de tu madre.
Cuando llegamos al umbral de una enorme puerta, se queda mirándonos. Me estremezco ante su escrutinio pero veo que no se está fijando en mí, si no en algo que hay detrás. Al darme la vuelta, solo veo una puerta, ligeramente disimulada en las sombras.
Cuando me vuelvo, Rebeca esboza una sonrisa y un asentimiento prácticamente imperceptible sacude su melena. Ahora que me doy cuenta y la veo a la luz, veo que tiene el pelo rojo fuego. Y los ojos morados, muy morados...
Vuelvo a la realidad con un estremecimiento, sintiéndome culpable por algo que no he hecho. "Que esté enamorado de Iris, no significa que no me puedan parecer atractivas otras mujeres" razono. "No hay nada por lo que tenga que sentirme mal".
Sacudo la cabeza y me percato de que el pelo me ha crecido mucho. Pronto me lo tendré que cortar, si no quiero que me bloquee la visión.
Entramos en la habitación y nos quedamos en el zaguán de la puerta hasta que los ojos se nos acostumbran al potente brillo. Seguimos entrando, y vemos que hay una enorme mesa redonda al rededor de la cual están sentados más o menos una veintena de personas.
Todas las miradas se vuelven hacia nosotros y más de cuarenta ojos morados se centran en mí. Me quedo clavado en el sitio, sin saber qué hacer o decir. Cientos de ideas se me pasan por la cabeza, pero una predomina sobre las demás: "Si suelto a Iris, todos estos tigres se abalanzarás sobre mí". Sonrío ante esta idea y aprieto la mano de Iris, que me devuelve el apretón.
Liam nos guía hasta un par de sillas vacías. Iris y yo nos sentamos pero ellos dos se quedan de pie, detrás de nosotros.
Pasados unos minutos, la conversación vuelve a inundar la sala hasta que llega mi padre. En ese instante se callan todos. Mi padre se sienta a mi lado y me sonríe.
-El Consejo ha empezado. Callaos -dice, aunque no hace falta ya que hay un silencio sepulcral-. El tema a tratar en esta reunión es la nueva adquisición de nuestro grupo. Mi hijo Dániel y su compañera Iris.
Nos hace una seña para que nos levantemos y lo hacemos, con el rubor cubriendo nuestras caras. Nadie aplaude, pero tampoco hay un clima de tensión. Mi padre no parece preocupado por la fría acogida, así que yo decido no preocuparme tampoco.
Después de unas cuantas vanalidades más, mi padre hace una pausa y dice:
-Ahora lo que nos ocupa es decidir su destino.
-¿El de quién? -pregunto.
-El de tu madre.
martes, 4 de junio de 2013
Capítulo 36
Miro a mi padre de hito en hito, sin creerme lo que acabo de oír y por el rabillo del ojo veo que Iris me dirige una extraña mirada. Me doy la vuelta y la observo hasta que agacha la vista y entonces me doy cuenta:
-¡Tú lo sabías! ¡¿Por qué no me lo dijiste?!
Ella no contesta. Simplemente se queda mirando al suelo, con la cara enrojecida. Oigo el sonido de la puerta al cerrarse y deduzco que mi padre acaba de marcharse, supongo que para dejarnos intimidad.
Al final, cuando creo que ya me estoy empezando a calmar, oigo que susurra.
-Creía que sería mejor si lo descubrieras tú solo...
-Pues te equivocaste. Si me lo hubieras dicho, ahora mismo no estaríamos aquí -digo sin conseguir eliminar la frialdad de mi voz.
-Lo siento -dice Iris, esta vez más alto.
Y, sin previo aviso, rompe a llorar. Todas las emociones y aventuras de estos días estallan en una congregación de lágrimas e hipidos alternados. Noto que también yo estoy empezando a llorar. Las lágrimas corren por mis mejillas sin casi darme ni cuenta. El dolor de las traiciones y los engaños pasa a un segundo plano y ando en dirección a Iris.
Paro a pocos centímetros de su piel y me inclino lentamente hacia delante. Mis labios rozan su frente, después bajan por su mejilla hasta sus labios. Ella alza la cabeza y abre ligeramente su boca.
Allí nos quedamos, unidos tan solo por nuestros labios. Bebemos el uno del otro hasta que nos saciamos y el miedo y la angustia de los últimos días se evapora.
La agarro de la cadera y la atraigo hacia mí. Nos quedamos abrazados en la habitación hasta que pasados unos minutos, o tal vez incluso horas, unos ligeros toques en la puerta nos hacen volver a la realidad. Nos separamos aunque seguimos agarrados de la mano cuando entra una pareja en la habitación. Se nos quedan mirando hasta que nosotros, incómodos, carraspeamos y ellos vuelven a la realidad.
-Perdona, Dániel, pero tienes los ojos de tu madre. Y tú, Iris, percibo algo extraño en ti. Eres como Dániel pero sin ser como él ¿cómo es eso posible?
Iris sonríe.
-Bueno, es difícil de explicar. Digamos que yo soy alguien que se ha hecho a sí misma.
-Entiendo... Oh, perdonad mi descortesía. Yo soy Liam y ella es Rebeca. Somos parientes lejanos de tu madre -dice dirigiéndose a Dániel.
En ese momento se quita algo de los ojos. Cuando retira las manos y podemos ver de nuevo su mirada, me doy cuenta de que tiene el mismo color de ojos que yo, solo que el suyo está más mate, como si fuera mucho más anciano de lo que corresponde a su edad. "O a su aparente edad" pienso.
-Sí, ya lo veo -le dirijo una sonrisa-. Tengo una pregunta ¿por qué lleváis lentillas?
-Buena pregunta. Verás, este color de ojos es característico de nuestra familia y de todas las que tienen la enfermedad. La intensidad del color muestra la potencia del don mientras que el brillo muestra el tiempo que nos queda de ese don. En mi caso era muy fuerte pero tuvo poca duración. Con lo de duración me refiero al tiempo que tardas en crear un clon. Tu don es realmente fuerte y el brillo de tus ojos muestra una frecuencia realmente alta, aunque no me extraña siendo quien eres. Pero volviendo a tu pregunta, las lentillas son para disimular el color. Si no nos ven los ojos, no nos pueden descubrir.
-Entiendo -mantengo la sonrisa en mi rostro durante unos segundos más pero rápidamente vuelvo a mi habitual expresión seria-. No pretendo ser brusco pero ¿queríais algo?
-Claro, disculpa. Tu padre te espera en la sala de reuniones. Cree que es la hora de que hagáis planes de guerra.
Suspiro y pienso "de vuelta a la realidad".
-¡Tú lo sabías! ¡¿Por qué no me lo dijiste?!
Ella no contesta. Simplemente se queda mirando al suelo, con la cara enrojecida. Oigo el sonido de la puerta al cerrarse y deduzco que mi padre acaba de marcharse, supongo que para dejarnos intimidad.
Al final, cuando creo que ya me estoy empezando a calmar, oigo que susurra.
-Creía que sería mejor si lo descubrieras tú solo...
-Pues te equivocaste. Si me lo hubieras dicho, ahora mismo no estaríamos aquí -digo sin conseguir eliminar la frialdad de mi voz.
-Lo siento -dice Iris, esta vez más alto.
Y, sin previo aviso, rompe a llorar. Todas las emociones y aventuras de estos días estallan en una congregación de lágrimas e hipidos alternados. Noto que también yo estoy empezando a llorar. Las lágrimas corren por mis mejillas sin casi darme ni cuenta. El dolor de las traiciones y los engaños pasa a un segundo plano y ando en dirección a Iris.
Paro a pocos centímetros de su piel y me inclino lentamente hacia delante. Mis labios rozan su frente, después bajan por su mejilla hasta sus labios. Ella alza la cabeza y abre ligeramente su boca.
Allí nos quedamos, unidos tan solo por nuestros labios. Bebemos el uno del otro hasta que nos saciamos y el miedo y la angustia de los últimos días se evapora.
La agarro de la cadera y la atraigo hacia mí. Nos quedamos abrazados en la habitación hasta que pasados unos minutos, o tal vez incluso horas, unos ligeros toques en la puerta nos hacen volver a la realidad. Nos separamos aunque seguimos agarrados de la mano cuando entra una pareja en la habitación. Se nos quedan mirando hasta que nosotros, incómodos, carraspeamos y ellos vuelven a la realidad.
-Perdona, Dániel, pero tienes los ojos de tu madre. Y tú, Iris, percibo algo extraño en ti. Eres como Dániel pero sin ser como él ¿cómo es eso posible?
Iris sonríe.
-Bueno, es difícil de explicar. Digamos que yo soy alguien que se ha hecho a sí misma.
-Entiendo... Oh, perdonad mi descortesía. Yo soy Liam y ella es Rebeca. Somos parientes lejanos de tu madre -dice dirigiéndose a Dániel.
En ese momento se quita algo de los ojos. Cuando retira las manos y podemos ver de nuevo su mirada, me doy cuenta de que tiene el mismo color de ojos que yo, solo que el suyo está más mate, como si fuera mucho más anciano de lo que corresponde a su edad. "O a su aparente edad" pienso.
-Sí, ya lo veo -le dirijo una sonrisa-. Tengo una pregunta ¿por qué lleváis lentillas?
-Buena pregunta. Verás, este color de ojos es característico de nuestra familia y de todas las que tienen la enfermedad. La intensidad del color muestra la potencia del don mientras que el brillo muestra el tiempo que nos queda de ese don. En mi caso era muy fuerte pero tuvo poca duración. Con lo de duración me refiero al tiempo que tardas en crear un clon. Tu don es realmente fuerte y el brillo de tus ojos muestra una frecuencia realmente alta, aunque no me extraña siendo quien eres. Pero volviendo a tu pregunta, las lentillas son para disimular el color. Si no nos ven los ojos, no nos pueden descubrir.
-Entiendo -mantengo la sonrisa en mi rostro durante unos segundos más pero rápidamente vuelvo a mi habitual expresión seria-. No pretendo ser brusco pero ¿queríais algo?
-Claro, disculpa. Tu padre te espera en la sala de reuniones. Cree que es la hora de que hagáis planes de guerra.
Suspiro y pienso "de vuelta a la realidad".
domingo, 14 de abril de 2013
Capítulo 35
Me revuelvo en la habitación, con mi padre observándome. Cuando me tranquilizo y dejo de dar vueltas por la habitación, mi padre me dice la que quizá sea la frase más desafortunada del día:
-Ya veo que lo conocéis.
Escuchando esa frase, no puedo evitarlo: estallo.
-¡Pues claro que lo conocía! ¡Lo maté yo!
Mi padre se queda con la boca abierta al escuchar la noticia de que su hijo mató a su amigo, aunque veo que hace grandes esfuerzos por hablar. Me quedo en pi, justo en el medio de la habitación, con todos los músculos en tensión y con la cara enrojecida, esperando unas palabras que no llegan.
Cuando consigo levantar los ojos, y con ellos mi vergüenza, veo que mi padre está sonriendo.
-¿No te has enfadado, papá?
-¿Cómo me voy a enfadar, si has hecho lo único que podía salvarnos?
-¿Eh? -digo, sin entender a qué se refiere.
Verás -comienza mi padre, con el tono de quien explica algo de lo más obvio-. Cuando lo conocimos, Chas era amigo de tu madre y mío, pero con el tiempo, se fue alejando de mí y acercándose más a tu madre. Por aquella época, en la que tu madre ya estaba embarazada, estábamos ya pensando en separarnos. Yo me había dado cuenta, al fin, de la locura latente que había en su interior y supongo que ella pensaba lo mismo de mí.
>Poco a poco, la relación entre Chas y tu madre se fue estrechando y afianzando. Por eso nos extrañó a todos que decidiera unirse a nuestra causa, en vez de estar en el bando de tu madre. Aún así, lo aceptamos en nuestro bando ya que, a pesar del riesgo que suponía para nosotros que le pasara información a tu madre, seguía siendo una ilimitada fuente de efectivos militares.
>Hace unos pocos años, sin embargo, descubrimos que de verdad estaba pasando información a tu madre. Después de un fallido intento de capturarle, Chas empezó a ir siempre rodeado de gran parte de sus clones. Esta situación siguió así hasta que hace unas pocas semanas, Chas desapareció y nadie sabía a dónde había ido, ni siquiera sus clones. Ahora, gracias a ti, ya sabemos qué pasó y a dónde fue. Ahora podremos devolver a esos clones a sus puestos de trabajo.
-¿Chas era entonces agente de mamá? -digo, sintiendo cómo quito un gran peso de mis hombros-. De todas formas sigo sin entenderlo. ¿Qué tenemos que ver con esta guerra? ¿Por qué somos tan esenciales?
-Es muy sencillo. Vosotros, los que tenéis la enfermedad, sois una fuente inagotable de información y de guerreros.
-¿Pero por qué ha empezado la guerra? ¿Cuál es la causa?
-Esto es algo que se ha estado ocultando al pueblo durante unos cuantos años. Solo lo saben los gobernantes de los países. Estamos en guerra porque el estado de la Tierra es muy precario. Quedan menos especies, recursos y hábitats de lo que se informa públicamente. En total, en todo el planeta, queda petróleo para unos diez años. Después vendrá una guerra de verdad y morirá mucha más gente.
-Estoy confuso. ¿Qué tiene que ver la cantidad de petróleo con nosotros?
-Es muy fácil. Han desarrollado una máquina que permite crear el petróleo a partir de materia orgánica. Pero hay una pega: la materia orgánica debe estar viva.
-Ya veo que lo conocéis.
Escuchando esa frase, no puedo evitarlo: estallo.
-¡Pues claro que lo conocía! ¡Lo maté yo!
Mi padre se queda con la boca abierta al escuchar la noticia de que su hijo mató a su amigo, aunque veo que hace grandes esfuerzos por hablar. Me quedo en pi, justo en el medio de la habitación, con todos los músculos en tensión y con la cara enrojecida, esperando unas palabras que no llegan.
Cuando consigo levantar los ojos, y con ellos mi vergüenza, veo que mi padre está sonriendo.
-¿No te has enfadado, papá?
-¿Cómo me voy a enfadar, si has hecho lo único que podía salvarnos?
-¿Eh? -digo, sin entender a qué se refiere.
Verás -comienza mi padre, con el tono de quien explica algo de lo más obvio-. Cuando lo conocimos, Chas era amigo de tu madre y mío, pero con el tiempo, se fue alejando de mí y acercándose más a tu madre. Por aquella época, en la que tu madre ya estaba embarazada, estábamos ya pensando en separarnos. Yo me había dado cuenta, al fin, de la locura latente que había en su interior y supongo que ella pensaba lo mismo de mí.
>Poco a poco, la relación entre Chas y tu madre se fue estrechando y afianzando. Por eso nos extrañó a todos que decidiera unirse a nuestra causa, en vez de estar en el bando de tu madre. Aún así, lo aceptamos en nuestro bando ya que, a pesar del riesgo que suponía para nosotros que le pasara información a tu madre, seguía siendo una ilimitada fuente de efectivos militares.
>Hace unos pocos años, sin embargo, descubrimos que de verdad estaba pasando información a tu madre. Después de un fallido intento de capturarle, Chas empezó a ir siempre rodeado de gran parte de sus clones. Esta situación siguió así hasta que hace unas pocas semanas, Chas desapareció y nadie sabía a dónde había ido, ni siquiera sus clones. Ahora, gracias a ti, ya sabemos qué pasó y a dónde fue. Ahora podremos devolver a esos clones a sus puestos de trabajo.
-¿Chas era entonces agente de mamá? -digo, sintiendo cómo quito un gran peso de mis hombros-. De todas formas sigo sin entenderlo. ¿Qué tenemos que ver con esta guerra? ¿Por qué somos tan esenciales?
-Es muy sencillo. Vosotros, los que tenéis la enfermedad, sois una fuente inagotable de información y de guerreros.
-¿Pero por qué ha empezado la guerra? ¿Cuál es la causa?
-Esto es algo que se ha estado ocultando al pueblo durante unos cuantos años. Solo lo saben los gobernantes de los países. Estamos en guerra porque el estado de la Tierra es muy precario. Quedan menos especies, recursos y hábitats de lo que se informa públicamente. En total, en todo el planeta, queda petróleo para unos diez años. Después vendrá una guerra de verdad y morirá mucha más gente.
-Estoy confuso. ¿Qué tiene que ver la cantidad de petróleo con nosotros?
-Es muy fácil. Han desarrollado una máquina que permite crear el petróleo a partir de materia orgánica. Pero hay una pega: la materia orgánica debe estar viva.
sábado, 6 de abril de 2013
Capítulo 34
Después de la impresión inicial que me da encontrármelo aquí, me lanzo corriendo hacia él y lo abrazo. El abrazo se prolonga, hasta que mi padre carraspea y yo le suelto, alisándome la ropa para que nadie vea el rubor y la humedad en mis mejillas. Ahora que vuelvo a estar con él, me doy cuenta de lo preocupado que he estado por él.
Cuando ya se me ha pasado un poco, me vuelvo hacia él, enfadado:
-¡¿Qué ha pasado?! ¡¿No podías habernos enviado alguna señal o ir a buscarnos?! ¿De verdad te costaba tanto? -digo la última frase más calmado, pero aún así cuando mi padre se me acerca para explicarse le doy la espalda.
-Si te parece, te contaré todo en cuanto pueda -pone su mano sobre mi hombro- si venís conmigo, os explicaré todo lo que está ocurriendo.
Asiento con la cabeza, cojo la mano de Iris y le sigo a través de múltiples pasillos hasta que llegamos a una habitación que se parece a la habitación en la que desperté la primera vez que llegué a esta prisión, solo que esta es cuadrada. Nos sentamos Iris y yo en la cama y mi padre en una silla que está metida bajo una pequeña mesa.
Empezaré hace dieciocho años, ¿te parece? -mi padre continúa sin esperar mi respuesta-. Cuando tú todavía no habías nacido, tu madre y yo nos fuimos de viaje al amazonas. Un día, nos despistamos y sin querer nos alejamos del grupo con el que estábamos. Esa noche, descubrí la "enfermedad" que padecía tu madre y me lo explicó todo. Yo al principio me asusté pero luego pensé que, si hasta entonces no me había enterado, no tendría porqué saberlo nadie más.
>Unos cuantos días después, una tribu indígena nos recogió. Durante un tiempo fuimos sus prisioneros pero, poco a poco, nos ganamos su confianza. Sobre todo tu madre. Cuando conseguimos hacerles entender lo que le pasaba a tu madre, nos llevaron a una de sus casas y nos dejaron allí durante horas. Cuando ya se hacía de noche entró el que luego descubriríamos que era el chamán y el jefe de la tribu junto a un chaval bastante joven que usaban como traductor. Con algunas dificultades, conseguimos explicarles lo que nos había pasado y así fue como empezaron a cogernos cierto cariño. Con el tiempo, nos fueron presentando a más miembros de la aldea. Uno de los últimos que nos quedaba por conocer, fue el hijo del jefe. Este tenía la misma enfermedad que tu madre, así que hicieron buenas migas de inmediato.
>Durante meses, estuvimos con los indígenas, tratando de integrarnos en su sociedad que, aunque era simple, estaba muy enraizada en sus vidas. Un día, llegamos hasta uno de los límites del bosque y allí encontramos un pequeño pueblo brasileño. Cogimos el único teléfono que había y llamamos a la embajada. A los pocos días nos fueron a buscar pero hubo una sorpresa: el hijo del jefe decidió venirse con nosotros. Tu madre y yo asistimos a la despedida con lágrimas en los ojos pero, finalmente subimos al helicóptero. Volvíamos a casa.
La voz de mi padre se extingue aunque durante unos momentos parece quedarse flotando por la habitación.
-¿Cómo se llamaba ese chaval? -Iris lo pregunta con un gesto ligeramente horrorizado en la cara.
-Se llama Chas -dice mi padre.
Cuando ya se me ha pasado un poco, me vuelvo hacia él, enfadado:
-¡¿Qué ha pasado?! ¡¿No podías habernos enviado alguna señal o ir a buscarnos?! ¿De verdad te costaba tanto? -digo la última frase más calmado, pero aún así cuando mi padre se me acerca para explicarse le doy la espalda.
-Si te parece, te contaré todo en cuanto pueda -pone su mano sobre mi hombro- si venís conmigo, os explicaré todo lo que está ocurriendo.
Asiento con la cabeza, cojo la mano de Iris y le sigo a través de múltiples pasillos hasta que llegamos a una habitación que se parece a la habitación en la que desperté la primera vez que llegué a esta prisión, solo que esta es cuadrada. Nos sentamos Iris y yo en la cama y mi padre en una silla que está metida bajo una pequeña mesa.
Empezaré hace dieciocho años, ¿te parece? -mi padre continúa sin esperar mi respuesta-. Cuando tú todavía no habías nacido, tu madre y yo nos fuimos de viaje al amazonas. Un día, nos despistamos y sin querer nos alejamos del grupo con el que estábamos. Esa noche, descubrí la "enfermedad" que padecía tu madre y me lo explicó todo. Yo al principio me asusté pero luego pensé que, si hasta entonces no me había enterado, no tendría porqué saberlo nadie más.
>Unos cuantos días después, una tribu indígena nos recogió. Durante un tiempo fuimos sus prisioneros pero, poco a poco, nos ganamos su confianza. Sobre todo tu madre. Cuando conseguimos hacerles entender lo que le pasaba a tu madre, nos llevaron a una de sus casas y nos dejaron allí durante horas. Cuando ya se hacía de noche entró el que luego descubriríamos que era el chamán y el jefe de la tribu junto a un chaval bastante joven que usaban como traductor. Con algunas dificultades, conseguimos explicarles lo que nos había pasado y así fue como empezaron a cogernos cierto cariño. Con el tiempo, nos fueron presentando a más miembros de la aldea. Uno de los últimos que nos quedaba por conocer, fue el hijo del jefe. Este tenía la misma enfermedad que tu madre, así que hicieron buenas migas de inmediato.
>Durante meses, estuvimos con los indígenas, tratando de integrarnos en su sociedad que, aunque era simple, estaba muy enraizada en sus vidas. Un día, llegamos hasta uno de los límites del bosque y allí encontramos un pequeño pueblo brasileño. Cogimos el único teléfono que había y llamamos a la embajada. A los pocos días nos fueron a buscar pero hubo una sorpresa: el hijo del jefe decidió venirse con nosotros. Tu madre y yo asistimos a la despedida con lágrimas en los ojos pero, finalmente subimos al helicóptero. Volvíamos a casa.
La voz de mi padre se extingue aunque durante unos momentos parece quedarse flotando por la habitación.
-¿Cómo se llamaba ese chaval? -Iris lo pregunta con un gesto ligeramente horrorizado en la cara.
-Se llama Chas -dice mi padre.
miércoles, 3 de abril de 2013
Capítulo 33
Bajamos las armas con movimientos lentos y cuidadosos. Nuevamente la atronadora voz, que parece de un hombre un tanto mayor, de unos cincuenta años. Se percibe un ligero temblor en su voz por lo que sé que está nervioso. Así que no nos esperaban, eso es bueno. No presto atención a lo que dice pero veo que Iris retrocede un paso, así que la imito.
Nos quedamos quietos, esperando nuevas instrucciones. Un ruido metálico llama nuestra atención. Suena por arriba, así que levantamos la mirada hacia el techo pero, de repente, el techo se empieza a alejar de nosotros.
Intento mirar al rededor pero no puedo mover la cabeza ni el cuello. Solo los ojos y, ahora que lo intento, la boca. Grito. Grito como no he gritado nunca, y es un grito de impotencia y de dolor porque sé que, hagan lo que hagan, no nos va a gustar.
Un túnel de oscuridad se alza a mi alrededor y se va cerrando a medida que bajamos. Porque supongo que estamos bajando nosotros, y no subiendo toda la sala.
Debido al fogonazo de luz que inunda el túnel tras varios minutos de ver cómo el minúsculo cuadrado de luz que había sobre mi cabeza se hacía más pequeño, me ciego durante unos instantes y me quedo aún más quieto. Alerta, escrutando el silencio en busca de cualquier pequeño sonido que nos pueda ayudar.
Ahí está. Sé que he oído algo, un sonido familiar aunque no lo consigo ubicar. Se repite a intervalos regulares y suena como un zumbido, pero no es un zumbido como el de los insectos.
Ese sonido despierta en mí sensaciones que creía olvidadas, recuerdos de luz y calor que consiguen escaparse antes de que los ubique.
Mi vista empieza a aclararse y las formas, antes vagas, empiezan a definirse. Ante mí se extiende una gran sala de control. Cientos de ordenadores, monitores y operarios se vuelven hacia nosotros. Por fin puedo moverme con libertad y, aunque las armas que llevábamos desenfundadas se han quedado arriba, saco las espadas que llevaba escondidas por dentro de la amplia cazadora. Gritos y exclamaciones me rodean y por el rabillo del ojo veo que Iris tiene una pistola en cada mano.
Cientos de guardias, pero con uniformes diferentes a los que hemos visto hasta ahora, se sitúan ante nosotros formando un gran muro entre los civiles y nosotros. Sus armas nos apuntan a la cabeza, al pecho o a las extremidades. Supongo que, con dar un solo paso, acabaríamos los dos como coladores.
Nuevamente bajamos las armas y nos alejamos un paso de ellas. Los guardias se alejan lentamente y nos rodean, pero siempre manteniendo las distancias.
Me extraña que sean tan cuidadosos pero lo prefiero a la brutalidad. Aún me quedan un par de pistolas y unos cuantos cartuchos y entre Iris y yo podríamos con todos pero me da la sensación de que debemos quedarnos quietos. Por eso, cuando veo que Iris dirige su mano disimuladamente hacia su cadera izquierda, donde sé que guarda su cuchillo, niego levemente con la cabeza.
Una voz resuena por toda la sala:
-¡Ya era hora hijo!
Es mi padre.
Nos quedamos quietos, esperando nuevas instrucciones. Un ruido metálico llama nuestra atención. Suena por arriba, así que levantamos la mirada hacia el techo pero, de repente, el techo se empieza a alejar de nosotros.
Intento mirar al rededor pero no puedo mover la cabeza ni el cuello. Solo los ojos y, ahora que lo intento, la boca. Grito. Grito como no he gritado nunca, y es un grito de impotencia y de dolor porque sé que, hagan lo que hagan, no nos va a gustar.
Un túnel de oscuridad se alza a mi alrededor y se va cerrando a medida que bajamos. Porque supongo que estamos bajando nosotros, y no subiendo toda la sala.
Debido al fogonazo de luz que inunda el túnel tras varios minutos de ver cómo el minúsculo cuadrado de luz que había sobre mi cabeza se hacía más pequeño, me ciego durante unos instantes y me quedo aún más quieto. Alerta, escrutando el silencio en busca de cualquier pequeño sonido que nos pueda ayudar.
Ahí está. Sé que he oído algo, un sonido familiar aunque no lo consigo ubicar. Se repite a intervalos regulares y suena como un zumbido, pero no es un zumbido como el de los insectos.
Ese sonido despierta en mí sensaciones que creía olvidadas, recuerdos de luz y calor que consiguen escaparse antes de que los ubique.
Mi vista empieza a aclararse y las formas, antes vagas, empiezan a definirse. Ante mí se extiende una gran sala de control. Cientos de ordenadores, monitores y operarios se vuelven hacia nosotros. Por fin puedo moverme con libertad y, aunque las armas que llevábamos desenfundadas se han quedado arriba, saco las espadas que llevaba escondidas por dentro de la amplia cazadora. Gritos y exclamaciones me rodean y por el rabillo del ojo veo que Iris tiene una pistola en cada mano.
Cientos de guardias, pero con uniformes diferentes a los que hemos visto hasta ahora, se sitúan ante nosotros formando un gran muro entre los civiles y nosotros. Sus armas nos apuntan a la cabeza, al pecho o a las extremidades. Supongo que, con dar un solo paso, acabaríamos los dos como coladores.
Nuevamente bajamos las armas y nos alejamos un paso de ellas. Los guardias se alejan lentamente y nos rodean, pero siempre manteniendo las distancias.
Me extraña que sean tan cuidadosos pero lo prefiero a la brutalidad. Aún me quedan un par de pistolas y unos cuantos cartuchos y entre Iris y yo podríamos con todos pero me da la sensación de que debemos quedarnos quietos. Por eso, cuando veo que Iris dirige su mano disimuladamente hacia su cadera izquierda, donde sé que guarda su cuchillo, niego levemente con la cabeza.
Una voz resuena por toda la sala:
-¡Ya era hora hijo!
Es mi padre.
viernes, 29 de marzo de 2013
Capítulo 32
Silencio absoluto y de repente, un zumbido. El zumbido cesa pero al cabo de unos minutos vuelve. Llevamos así horas, huyendo de ese zumbido que no presagia nada nuevo. Solo una vez ha conseguido sorprendernos, cuando me tocaba hacer guardia y sin querer me quedé dormido. Una especie de insectos, parecidos a grillos pero más grandes y extrañamente silenciosos, que solo hacían ruido cuando tocaban el suelo, llegaron volando hasta donde estábamos nosotros. Digo volando, pero lo que hacían más bien era dar saltos larguísimos. En pocos segundos nos pusimos en marcha y por poco conseguimos escapar metiéndonos en una habitación, pues a penas les llevábamos unos metros de ventaja.
El caso es que, desde entonces, hemos estado huyendo de ellos y esquivándolos y ellos han estado buscándonos. A veces, también oímos el ruido que hace al pasar corriendo un grupo de guardias. Suponemos que estén registrando la zona en nuestra busca. Solo una vez hemos tenido que luchar y fue contra un par de guardias de los que nos deshicimos sin grandes complicaciones. Cuando ya oímos que se aleja el zumbido, salimos de la habitación.
Este lugar es un laberinto. Hemos pasado del único pasillo que nos trajo hasta aquí a un complejo que tiene bifurcaciones y curvas cada pocos metros. Escogemos al azar en cada encrucijada y, desde hace unos días, tengo la sensación de que estamos andando en círculos. Para comprobarlo, decidí grabar una marca en el suelo y ahora acabo de confirmar mis sospechas. Estoy sentado, con la marca de la "x" al lado. Me levanto de un brinco. Iris me mira con cara de curiosidad. Me alejo unos metros y empiezo a palpar la pared. Presiono un ladrillo, que está un poco por encima de mi cabeza. Una trampilla se abre a mis pies y miro a Iris.
-Tenemos que bajar.
-¿Cómo lo sabes?
-Simplemente lo sé -la verdad es que no tengo ni idea de cómo lo sé pero estoy decidido a seguir el último consejo de mi padre: tenemos que bajar.
Me meto por la trampilla y alcanzo lo que parece ser el primer escalón de una escalera de mano. Empiezo a bajar y el olor a óxido inunda mis fosas nasales. Pongo una mano en el suelo y mientras bajo un pie, la otra mano se agarra a la suave viscosidad de los escalones. Hay mucha humedad, por lo que el descenso pronto me deja cubierto de sudor. Cuando alcanzo el suelo, tengo la sensación de que estoy chorreando.
Miro hacia arriba y veo que Iris está asomada a la abertura.
-Es seguro -le grito.
Ella empieza a bajar y poco a poco se acerca a mí. Cuando llega abajo, encendemos las linternas y echamos un vistazo a la sala. Es enorme y tiene eco por lo que sabemos que está vacía. Nuestros pasos se replican en las lejanas paredes a medida que nos acercamos a la otra parte de la sala.
Cuando vamos por la mitad del camino, unos potentes focos iluminan la sala y nos detenemos. Una potente voz sale por unos altavoces ocultos:
-¡Nos os mováis!
Nos miramos y, con un mudo asentimiento, levantamos las manos.
Obedecemos.
El caso es que, desde entonces, hemos estado huyendo de ellos y esquivándolos y ellos han estado buscándonos. A veces, también oímos el ruido que hace al pasar corriendo un grupo de guardias. Suponemos que estén registrando la zona en nuestra busca. Solo una vez hemos tenido que luchar y fue contra un par de guardias de los que nos deshicimos sin grandes complicaciones. Cuando ya oímos que se aleja el zumbido, salimos de la habitación.
Este lugar es un laberinto. Hemos pasado del único pasillo que nos trajo hasta aquí a un complejo que tiene bifurcaciones y curvas cada pocos metros. Escogemos al azar en cada encrucijada y, desde hace unos días, tengo la sensación de que estamos andando en círculos. Para comprobarlo, decidí grabar una marca en el suelo y ahora acabo de confirmar mis sospechas. Estoy sentado, con la marca de la "x" al lado. Me levanto de un brinco. Iris me mira con cara de curiosidad. Me alejo unos metros y empiezo a palpar la pared. Presiono un ladrillo, que está un poco por encima de mi cabeza. Una trampilla se abre a mis pies y miro a Iris.
-Tenemos que bajar.
-¿Cómo lo sabes?
-Simplemente lo sé -la verdad es que no tengo ni idea de cómo lo sé pero estoy decidido a seguir el último consejo de mi padre: tenemos que bajar.
Me meto por la trampilla y alcanzo lo que parece ser el primer escalón de una escalera de mano. Empiezo a bajar y el olor a óxido inunda mis fosas nasales. Pongo una mano en el suelo y mientras bajo un pie, la otra mano se agarra a la suave viscosidad de los escalones. Hay mucha humedad, por lo que el descenso pronto me deja cubierto de sudor. Cuando alcanzo el suelo, tengo la sensación de que estoy chorreando.
Miro hacia arriba y veo que Iris está asomada a la abertura.
-Es seguro -le grito.
Ella empieza a bajar y poco a poco se acerca a mí. Cuando llega abajo, encendemos las linternas y echamos un vistazo a la sala. Es enorme y tiene eco por lo que sabemos que está vacía. Nuestros pasos se replican en las lejanas paredes a medida que nos acercamos a la otra parte de la sala.
Cuando vamos por la mitad del camino, unos potentes focos iluminan la sala y nos detenemos. Una potente voz sale por unos altavoces ocultos:
-¡Nos os mováis!
Nos miramos y, con un mudo asentimiento, levantamos las manos.
Obedecemos.
domingo, 24 de marzo de 2013
Capítulo 31
Horas y horas caminando. De nuevo, no alcanzo a distinguir el final de este eterno pasillo. Este sitio es más grande de lo que creía. Debemos llevar en total varios días caminando y parece que aún quedaran cientos más. El tedio me abruma e Iris no hace nada por remediarlo. A cada paso que da, se ensimisma más y me resulta más difícil hablar con ella.
Otra pregunta ronda mi mente: ¿qué le habrá pasado a mi padre? Es una duda que no me deja dormir, ni comer. Justo en el momento en el que consigo encaminarme a recuperar nuestra relación, algo me lo vuelve a arrebatar. Me detengo en seco e Iris hace lo mismo. Nos quedamos alerta durante unos segundos hasta que el ruido que me había parecido oír, se repite. Echo a correr e Iris hace lo mismo. Cuanto más corremos más sensación de peligro tengo. Freno en seco e Iris choca con mi espalda, haciendo que me tambalee.
Miro hacia atrás y veo que, en intervalos regulares, se están abriendo trampillas en el techo, que dejan pasar la luz de unos fluorescentes... y algo más.
Algo me dice que no nos haría ninguna gracia descubrir qué es eso que cae por las trampillas. Echamos a correr, pero sé que no podremos escapar. Cada vez se acercan más las trampillas abiertas. Freno de nuevo, pero esta vez Iris estaba preparada y puede frenar a tiempo. Nos quedamos en un terreno entre dos trampillas. Un exiguo espacio en el que apenas cabemos los dos juntos. Una trampilla se abre justo detrás nuestro y deja caer una especie de líquido que emite una leve fosforescencia y que se marcha por un desagüe que está justo debajo. Una gota salta hasta mi pantalón y otra hasta mi mejilla. Mientras mi pantalón empieza a humear, noto en mi mejilla un escozor que se convierte en un dolor atroz. Con la manga de la camisa, me limpio la zona de la cara que ha sido salpicada. Veo que Iris se frota la nuca y una mano, así que supongo que el ácido también la haya alcanzado a ella. A pesar de las dolorosas gotas que llegan a nuestra piel, dejando zonas enrojecidas e irritadas, nos mantenemos firmes en nuestras posiciones, limitándonos a limpiar nuestra piel de la corrosiva sustancia. Cuando la lluvia de los tóxicos productos químicos acaba, nos empezamos a mover, desentumeciendo nuestros agarrotados músculos. Después de varios días de actividad, este parón de varios minutos combinado con la tensión del momento, han hecho que nos entumezcamos.
Nos limpiamos con nuestras agujereadas vestiduras y al cabo de un rato, conseguimos volver a emprender nuestro camino. Pero otra preocupación se cierne sobre nosotros. Lo veo en la tensión de Iris, en la tensión que se respira en el ambiente. Esta sensación se acrecienta cuando se vuelven a oír sonidos detrás de nosotros. Volvemos a correr, hasta que perdemos la sensación de nuestros propios cuerpos. Somos entes inmateriales, huyendo de un peligro que, aunque desconocido, sabemos que será mortal. En un momento de extrema valentía o de absoluta estupidez, decido detenerme y hacer frente a ese peligro, pero un tirón y un grito de Iris, me devuelven a la realidad de mi herido y agotado cuerpo físico:
-¡Sigue corriendo!
Creo que son las primeras palabras que pronuncia en varios días y su voz está un tanto ronca, pero cumple su función y hace que mis piernas vuelvan a moverse.
Perdida la sensación de irrealidad, vuelvo a correr con fuerzas renovadas, ya que el tétrico sonido que nos persigue está muy cerca. Tengo la necesidad animal de alejarme de él.
Unos minutos más tarde, cuando ya he adelantado a Iris, veo una puerta camuflada en un lateral del pasillo. Voy a por ella y la abro de un empujón. Hago señas a Iris, que entra y justo después entro yo en la oscurra habitación. Bloqueo la puerta y nos quedamos allí, recuperando el aliento, hasta que se extinguen los jadeos ahogados de nuestros perseguidores. No sé qué serían pero no sonaba a un humano.
¿Qué nuevos horrores nos tiene preparados este terrible lugar?
Otra pregunta ronda mi mente: ¿qué le habrá pasado a mi padre? Es una duda que no me deja dormir, ni comer. Justo en el momento en el que consigo encaminarme a recuperar nuestra relación, algo me lo vuelve a arrebatar. Me detengo en seco e Iris hace lo mismo. Nos quedamos alerta durante unos segundos hasta que el ruido que me había parecido oír, se repite. Echo a correr e Iris hace lo mismo. Cuanto más corremos más sensación de peligro tengo. Freno en seco e Iris choca con mi espalda, haciendo que me tambalee.
Miro hacia atrás y veo que, en intervalos regulares, se están abriendo trampillas en el techo, que dejan pasar la luz de unos fluorescentes... y algo más.
Algo me dice que no nos haría ninguna gracia descubrir qué es eso que cae por las trampillas. Echamos a correr, pero sé que no podremos escapar. Cada vez se acercan más las trampillas abiertas. Freno de nuevo, pero esta vez Iris estaba preparada y puede frenar a tiempo. Nos quedamos en un terreno entre dos trampillas. Un exiguo espacio en el que apenas cabemos los dos juntos. Una trampilla se abre justo detrás nuestro y deja caer una especie de líquido que emite una leve fosforescencia y que se marcha por un desagüe que está justo debajo. Una gota salta hasta mi pantalón y otra hasta mi mejilla. Mientras mi pantalón empieza a humear, noto en mi mejilla un escozor que se convierte en un dolor atroz. Con la manga de la camisa, me limpio la zona de la cara que ha sido salpicada. Veo que Iris se frota la nuca y una mano, así que supongo que el ácido también la haya alcanzado a ella. A pesar de las dolorosas gotas que llegan a nuestra piel, dejando zonas enrojecidas e irritadas, nos mantenemos firmes en nuestras posiciones, limitándonos a limpiar nuestra piel de la corrosiva sustancia. Cuando la lluvia de los tóxicos productos químicos acaba, nos empezamos a mover, desentumeciendo nuestros agarrotados músculos. Después de varios días de actividad, este parón de varios minutos combinado con la tensión del momento, han hecho que nos entumezcamos.
Nos limpiamos con nuestras agujereadas vestiduras y al cabo de un rato, conseguimos volver a emprender nuestro camino. Pero otra preocupación se cierne sobre nosotros. Lo veo en la tensión de Iris, en la tensión que se respira en el ambiente. Esta sensación se acrecienta cuando se vuelven a oír sonidos detrás de nosotros. Volvemos a correr, hasta que perdemos la sensación de nuestros propios cuerpos. Somos entes inmateriales, huyendo de un peligro que, aunque desconocido, sabemos que será mortal. En un momento de extrema valentía o de absoluta estupidez, decido detenerme y hacer frente a ese peligro, pero un tirón y un grito de Iris, me devuelven a la realidad de mi herido y agotado cuerpo físico:
-¡Sigue corriendo!
Creo que son las primeras palabras que pronuncia en varios días y su voz está un tanto ronca, pero cumple su función y hace que mis piernas vuelvan a moverse.
Perdida la sensación de irrealidad, vuelvo a correr con fuerzas renovadas, ya que el tétrico sonido que nos persigue está muy cerca. Tengo la necesidad animal de alejarme de él.
Unos minutos más tarde, cuando ya he adelantado a Iris, veo una puerta camuflada en un lateral del pasillo. Voy a por ella y la abro de un empujón. Hago señas a Iris, que entra y justo después entro yo en la oscurra habitación. Bloqueo la puerta y nos quedamos allí, recuperando el aliento, hasta que se extinguen los jadeos ahogados de nuestros perseguidores. No sé qué serían pero no sonaba a un humano.
¿Qué nuevos horrores nos tiene preparados este terrible lugar?
jueves, 21 de marzo de 2013
Capítulo 30
Ya estamos abajo y la densa oscuridad que nos rodea no ayuda nada a vencer mi claustrofobia. Iris enciende una linterna y pone la intensidad al máximo. Al dar un paso, el ruido se repite varias veces con un eco que forma armoniosas melodías a partir de un sonido tan basto como es el pisar.
El intenso haz de luz a penas es suficiente para arañar algún irisado brillo de la pared que tenemos enfrente. La habitación es enorme, aunque más que una habitación, parece un salón de banquetes. Tiene mesas enormes y alargadas y unas enormes lámparas de araña cuelgan de un techo de, al menos, diez metros. Hay un una especie de escenario en la otra punta de la sala, con unos cuantos instrumentos abandonados sobre él. Cruzamos la sala y con nuestro movimiento, las luces se van encendiendo paulatinamente hasta que deja de ser necesaria la linterna. Examinamos el lugar a la cálida luz, ligeramente amarilla, de las lámparas que están sobre nuestras cabezas. El lugar parece abandonado a toda prisa y hace poco, como se ve por los restos de comida que están sobre los platos. Hay algún plato que aún incluso está caliente. Nos quedamos rondando por la habitación, pero sin tocar nada. Tampoco encontramos nada a lo que encontremos alguna utilidad.
Después de inspeccionar el comedor, nos centramos en cómo salir de ahí. Buscamos por las paredes, pero no hay ninguna puerta. Ni si quiera está el orificio por el que hemos salido Iris y yo. Como en las paredes no hay ninguna abertura y el techo está demasiado alto, nos dedicamos a mirar por el suelo. Por fin, tras varios minutos de búsqueda infructuosa, encontramos una trampilla disimulada bajo una gruesa y cálida alfombra. Enrollamos la alfombra y, entre los dos, abrimos la trampilla, que pesa mucho. Una vaharada de olor húmedo, como si hiciera siglos que no se abría, sale por el cuadrado que hemos abierto en el suelo.
Iris enchufa con la linterna dentro, pues la luz de las lámparas no es suficiente para iluminarlo. Decido saltar yo primero y, sin mirar atrás, lo hago. Una caída de un par de metros y choco contra el duro cemento:
-Es seguro -grito.
Iris me pasa la linterna y yo ilumino los remolinos de polvo que he levantado con mi caída que no me permiten ver nada. La llegada de Iris no hace nada por mejorar la situación.
Nos quedamos quietos unos minutos para que se asienten las partículas que están aún en suspensión. Pasado un tiempo, nos empezamos a mover con cuidado. La trampilla se ha quedado abierta, pero no hay nada que podamos hacer para disimular un rastro tan evidente, pues no hay modo de volver a subir por el tubo que nos ha servido para bajar. Quizá más adelante.
Seguimos andando despacio, para no levantar más nubes de polvo. Iris alterna apuntando con su linterna hacia el suelo, que por la capa de polvo que tiene encima no debe ser muy transitado, y hacia delante, donde no se distingue nada.
El pasillo continúa, invariable, durante un tiempo indefinido. Cuando llegamos a una pared que nos cierra el paso, no me sorprendo. Me esperaba ya que algo así ocurriera. Miro por las paredes y encuentro una hendidura con la anchura justa para que quepa un dedo, lo que pasaría desapercibido en esa oscuridad, salvo que lo estuvieras buscando.
Meto la mano por la hendidura y al principio no sucede nada. Después noto un leve aguijonazo en un dedo y momentos después la hendidura se hace más grande. Meto un brazo, el hombro, la cabeza y por fin, el resto del cuerpo. Nada más pasar yo, la pared se cierra de nuevo. Pero Iris ya sabe qué hacer. A los pocos momentos la tengo a mi lado y nos encaramos hacia la nueva oscuridad que nos aguarda y que puede contener cualquier cosa.
Yo le doy vueltas a cómo he sido capaz de saber qué hacer para abrir la pared. Decido que no importa.
Cada cosa se descubrirá en su momento.
El intenso haz de luz a penas es suficiente para arañar algún irisado brillo de la pared que tenemos enfrente. La habitación es enorme, aunque más que una habitación, parece un salón de banquetes. Tiene mesas enormes y alargadas y unas enormes lámparas de araña cuelgan de un techo de, al menos, diez metros. Hay un una especie de escenario en la otra punta de la sala, con unos cuantos instrumentos abandonados sobre él. Cruzamos la sala y con nuestro movimiento, las luces se van encendiendo paulatinamente hasta que deja de ser necesaria la linterna. Examinamos el lugar a la cálida luz, ligeramente amarilla, de las lámparas que están sobre nuestras cabezas. El lugar parece abandonado a toda prisa y hace poco, como se ve por los restos de comida que están sobre los platos. Hay algún plato que aún incluso está caliente. Nos quedamos rondando por la habitación, pero sin tocar nada. Tampoco encontramos nada a lo que encontremos alguna utilidad.
Después de inspeccionar el comedor, nos centramos en cómo salir de ahí. Buscamos por las paredes, pero no hay ninguna puerta. Ni si quiera está el orificio por el que hemos salido Iris y yo. Como en las paredes no hay ninguna abertura y el techo está demasiado alto, nos dedicamos a mirar por el suelo. Por fin, tras varios minutos de búsqueda infructuosa, encontramos una trampilla disimulada bajo una gruesa y cálida alfombra. Enrollamos la alfombra y, entre los dos, abrimos la trampilla, que pesa mucho. Una vaharada de olor húmedo, como si hiciera siglos que no se abría, sale por el cuadrado que hemos abierto en el suelo.
Iris enchufa con la linterna dentro, pues la luz de las lámparas no es suficiente para iluminarlo. Decido saltar yo primero y, sin mirar atrás, lo hago. Una caída de un par de metros y choco contra el duro cemento:
-Es seguro -grito.
Iris me pasa la linterna y yo ilumino los remolinos de polvo que he levantado con mi caída que no me permiten ver nada. La llegada de Iris no hace nada por mejorar la situación.
Nos quedamos quietos unos minutos para que se asienten las partículas que están aún en suspensión. Pasado un tiempo, nos empezamos a mover con cuidado. La trampilla se ha quedado abierta, pero no hay nada que podamos hacer para disimular un rastro tan evidente, pues no hay modo de volver a subir por el tubo que nos ha servido para bajar. Quizá más adelante.
Seguimos andando despacio, para no levantar más nubes de polvo. Iris alterna apuntando con su linterna hacia el suelo, que por la capa de polvo que tiene encima no debe ser muy transitado, y hacia delante, donde no se distingue nada.
El pasillo continúa, invariable, durante un tiempo indefinido. Cuando llegamos a una pared que nos cierra el paso, no me sorprendo. Me esperaba ya que algo así ocurriera. Miro por las paredes y encuentro una hendidura con la anchura justa para que quepa un dedo, lo que pasaría desapercibido en esa oscuridad, salvo que lo estuvieras buscando.
Meto la mano por la hendidura y al principio no sucede nada. Después noto un leve aguijonazo en un dedo y momentos después la hendidura se hace más grande. Meto un brazo, el hombro, la cabeza y por fin, el resto del cuerpo. Nada más pasar yo, la pared se cierra de nuevo. Pero Iris ya sabe qué hacer. A los pocos momentos la tengo a mi lado y nos encaramos hacia la nueva oscuridad que nos aguarda y que puede contener cualquier cosa.
Yo le doy vueltas a cómo he sido capaz de saber qué hacer para abrir la pared. Decido que no importa.
Cada cosa se descubrirá en su momento.
domingo, 17 de marzo de 2013
Capítulo 29
¿Mi padre? ¿Aquí abajo? ¿En esta angosta, baja y mal iluminada sala? No se me ocurre nada más extraño, porque él también es claustrofóbico. Me quedo mirándole. Él está de espaldas a mí pero le reconocería en cualquier lugar. Poco a poco, se vuelve y me mira de frente. Yo sostengo su mirada sin pestañear. Nunca he tenido una buena relación con mi padre, era muy tensa. Creo que me culpaba de que mi madre se hubiera ido... aunque eso ya da igual.
Sonríe y se acerca con paso metódico. Yo me quedo clavado en el sitio, sin respirar a penas. Mi padre levanta los brazos, siempre con movimientos mecánicos, y aunque tengo ganas de apartarme, dejo que me abrece y me bese aunque él siempre lo hace a su manera, fría y calculada. Sigo clavado en el sitio y no respondo a ninguno de sus gestos. Simplemente me quedo ahí, mirándole despectivamente.
-¿Qué haces aquí? -mi voz sale dura, acerada-. Pensé que no soportabas los lugares cerrados y pequeños.
-Fíjate -dice con la voz carente de emoción- que lo mismo pensaba yo de ti.
Como respuesta me encojo de hombros y sostengo su mirada. Él suspira y coge aire:
-La verdad es que no lo sé, un día me fui a dormir y cuando me desperté estaba aquí. Después vino a visitarme tu madre, supongo que ya conoces la historia, y me explicó que me había traído porque así te convencería para unirte a ella. Lo que ella no sabía es que no tengo la menor intención de hacerlo.
>Hijo, ya sé que nunca hemos tenido una relación buena. Ha sido culpa mía y me gustaría pedirte perdón -la frialdad de sus ojos ya no existe y ahora la sustituye un brillo cálido, como una chispa-. Quiero que, pase lo que pase, hagas todo lo que puedas para evitar que tu madre lleve a cabo sus planes. No digas nada -mi padre me corta antes de que haya podido abrir la boca a penas. Quizá me conoce más de lo que pensaba-. Sé que es poco probable que llegue a mañana. Tu madre es prácticamente "todopoderosa" aquí. Así que te daré un consejo.
>Debajo de el complejo en el que nos encontramos, hay una extensa red de túneles. Algunos de estos túneles son tan grandes como una calle y siguen fielmente los caminos de arriba. Esas zonas están sin vigilancia así que podrás circular por ellas. Hay una entrada siguiendo ese pasillo -se da un poco la vuelta y señala vagamente en una dirección-. Si vais por ahí unos veinte metros, llegarás a un punto donde hay una especie de alcantarilla. Bajad por ella y estaréis a salvo. Recuerda que nunca debes...
Un ruido le detiene y nos giramos todos a la vez para ver qué es lo que baja por el tobogán. Los haces de luz de una linterna se reflejan en las brillantes paredes.
-¡Salid de aquí! -brama mi padre a la vez que echa a correr en la misma dirección que nosotros.
Cuando Iris y yo, recuperados ya de la conmoción del momento, llegamos al punto donde nos dijo, la tapa de la alcantarilla ya está levantada aunque aún se ve la pierna de mi padre desapareciendo y su voz, susurrando, que me dice "estoy orgulloso de ti". Supongo que esto me lo puedo haber imaginado perfectamente pues es lo único que he esperado de mi padre durante toda mi vida.
Miro a Iris y veo que ella está vuelta hacia el tobogán. Ya se oyen los gritos de los guardias que vienen a donde nosotros.
Sin mirar si quiera, salto por el estrecho tubo. Otra caída.
Levanto la cabeza y veo que Iris se ha colado por el agujero de manera más cuidadosa y está haciendo lo que puede apoyada en una escalera.
Cuando la oscuridad total me envuelve, me quedo solo y puedo pensar en el encuentro que he tenido hace unos minutos. "Recuerda que nunca debes..." ¿Que nunca debes... qué?
Supongo que me lo dirá la próxima vez que le vea, si es que sigue vivo.
Sonríe y se acerca con paso metódico. Yo me quedo clavado en el sitio, sin respirar a penas. Mi padre levanta los brazos, siempre con movimientos mecánicos, y aunque tengo ganas de apartarme, dejo que me abrece y me bese aunque él siempre lo hace a su manera, fría y calculada. Sigo clavado en el sitio y no respondo a ninguno de sus gestos. Simplemente me quedo ahí, mirándole despectivamente.
-¿Qué haces aquí? -mi voz sale dura, acerada-. Pensé que no soportabas los lugares cerrados y pequeños.
-Fíjate -dice con la voz carente de emoción- que lo mismo pensaba yo de ti.
Como respuesta me encojo de hombros y sostengo su mirada. Él suspira y coge aire:
-La verdad es que no lo sé, un día me fui a dormir y cuando me desperté estaba aquí. Después vino a visitarme tu madre, supongo que ya conoces la historia, y me explicó que me había traído porque así te convencería para unirte a ella. Lo que ella no sabía es que no tengo la menor intención de hacerlo.
>Hijo, ya sé que nunca hemos tenido una relación buena. Ha sido culpa mía y me gustaría pedirte perdón -la frialdad de sus ojos ya no existe y ahora la sustituye un brillo cálido, como una chispa-. Quiero que, pase lo que pase, hagas todo lo que puedas para evitar que tu madre lleve a cabo sus planes. No digas nada -mi padre me corta antes de que haya podido abrir la boca a penas. Quizá me conoce más de lo que pensaba-. Sé que es poco probable que llegue a mañana. Tu madre es prácticamente "todopoderosa" aquí. Así que te daré un consejo.
>Debajo de el complejo en el que nos encontramos, hay una extensa red de túneles. Algunos de estos túneles son tan grandes como una calle y siguen fielmente los caminos de arriba. Esas zonas están sin vigilancia así que podrás circular por ellas. Hay una entrada siguiendo ese pasillo -se da un poco la vuelta y señala vagamente en una dirección-. Si vais por ahí unos veinte metros, llegarás a un punto donde hay una especie de alcantarilla. Bajad por ella y estaréis a salvo. Recuerda que nunca debes...
Un ruido le detiene y nos giramos todos a la vez para ver qué es lo que baja por el tobogán. Los haces de luz de una linterna se reflejan en las brillantes paredes.
-¡Salid de aquí! -brama mi padre a la vez que echa a correr en la misma dirección que nosotros.
Cuando Iris y yo, recuperados ya de la conmoción del momento, llegamos al punto donde nos dijo, la tapa de la alcantarilla ya está levantada aunque aún se ve la pierna de mi padre desapareciendo y su voz, susurrando, que me dice "estoy orgulloso de ti". Supongo que esto me lo puedo haber imaginado perfectamente pues es lo único que he esperado de mi padre durante toda mi vida.
Miro a Iris y veo que ella está vuelta hacia el tobogán. Ya se oyen los gritos de los guardias que vienen a donde nosotros.
Sin mirar si quiera, salto por el estrecho tubo. Otra caída.
Levanto la cabeza y veo que Iris se ha colado por el agujero de manera más cuidadosa y está haciendo lo que puede apoyada en una escalera.
Cuando la oscuridad total me envuelve, me quedo solo y puedo pensar en el encuentro que he tenido hace unos minutos. "Recuerda que nunca debes..." ¿Que nunca debes... qué?
Supongo que me lo dirá la próxima vez que le vea, si es que sigue vivo.
miércoles, 13 de marzo de 2013
Capítulo 28
Lucho contra la niebla que intenta inundar mi conciencia. Poco a poco, me voy desmayando pero lucho con todas mis fuerzas por mantener la cabeza lo más despejada posible.
Otro grito. Con este consigo despertarme del todo pero aún no soy capaz de levantarme. Veo una bota que se dirige con fuerza hacia mi cabeza. Cuando golpea, agradezco el estado de semiinconsciencia en el que me encuentro ya que no noto más que un leve entumecimiento en el lado derecho de la cabeza.
De todas formas, a pesar de que a penas note el dolor, el golpe sirve para terminar de despertarme. Me levanto lentamente, esperando que la densa humareda ayude a camuflar mi movimiento. Cuando me pongo en pie, abro mi mochila y me pongo una de las máscaras de gas, notando una mejora inmediata.
Miro a mi alrededor, pero solo distingo figuras vagas que no se concretan. Parece que nadie me ha visto moverme, así que aprovecho para ir a buscar a Iris.
Me muevo agachado y en silencio. Me encuentro con un guardia de frente y antes de que pueda si quiera abrir la boca ya he dibujado una sonrisa roja en su cuello. Sigo buscando, a toda velocidad, consciente de que en cuanto descubran que me he movido, darán la alarma y vendrán a por mí. Distingo un rectángulo de luz justo en frente de mi y me dirijo hacia él. Me detengo antes de llegar porque he visto un movimiento a la derecha. Me quedo quieto y con los músculos en tensión, atento por si me ha visto.
Cuando se recorta su silueta contra la intensa luz, veo una figura femenina y, olvidando cualquier precaución, corro hacia ella. Cuando llego a su lado, ella levanta la cabeza y al reconocerme, un brillo acerado se refleja en su mirada. Saca sus pistolas y me apunta a la cabeza. Yo paro en seco y retrocedo unos pocos pasos, intentando alejarme de ella. Cuando va a hablar, supongo que para dar la voz de alarma, un chorro de sangre sale entre sus labios y se desploma hacia delante. Veo a Iris detrás, mi Iris, que aún tiene la humeante pistola en la mano y mira con cara de confusión lo que acaba de causar su dedo al apretar el gatillo.
La cojo de la mano y salimos de allí, no sin antes cerrar la puerta, mientras ella sigue en estado catatónico y yo pienso en lo extraño que debe ser para ella el haberse disparado a sí misma.
Sigo dándole vueltas hasta que llegamos a un pasillo que parece no tener salida, pero si algo me ha enseñado la temporada que he pasado aquí, es que esta gente no construye algo por el mero hecho de ocupar espacio. Examino las paredes y dejo a Iris sentada en el suelo. Cuando no encuentro nada, me vuelvo hacia ella y al ir a ayudarla a levantarse, piso en una baldosa que está un poco suelta. Es raro porque no he encontrado ninguna otra que esté suelta. Levanto a Iris, que parece estar recuperándose, y me ayuda a levantar la pesada losa. Hay un conducto que se hunde en la oscuridad infinita que hay ahí abajo. Nos miramos y damos la mano. El conducto es lo suficientemente ancho para que pasemos los dos a la vez así que contamos hasta tres y, con la sensación de tirarnos a un abismo, saltamos por el conducto que cae en vertical durante unos cuantos metros.
Y la caída sigue y sigue y se prolonga en la impenetrable oscuridad que nos rodea. Quizá no lo haya comentado, pero soy claustrofóbico así que, para mí, ese viaje fue una auténtica tortura.
Al final llegamos aa bajo, suavemente, porque el conducto se ha ido equilibrando durante la caída, muy suavemente.
Solo hay una sala. Y una persona.
Mi padre. ¿Qué hace él aquí?
Otro grito. Con este consigo despertarme del todo pero aún no soy capaz de levantarme. Veo una bota que se dirige con fuerza hacia mi cabeza. Cuando golpea, agradezco el estado de semiinconsciencia en el que me encuentro ya que no noto más que un leve entumecimiento en el lado derecho de la cabeza.
De todas formas, a pesar de que a penas note el dolor, el golpe sirve para terminar de despertarme. Me levanto lentamente, esperando que la densa humareda ayude a camuflar mi movimiento. Cuando me pongo en pie, abro mi mochila y me pongo una de las máscaras de gas, notando una mejora inmediata.
Miro a mi alrededor, pero solo distingo figuras vagas que no se concretan. Parece que nadie me ha visto moverme, así que aprovecho para ir a buscar a Iris.
Me muevo agachado y en silencio. Me encuentro con un guardia de frente y antes de que pueda si quiera abrir la boca ya he dibujado una sonrisa roja en su cuello. Sigo buscando, a toda velocidad, consciente de que en cuanto descubran que me he movido, darán la alarma y vendrán a por mí. Distingo un rectángulo de luz justo en frente de mi y me dirijo hacia él. Me detengo antes de llegar porque he visto un movimiento a la derecha. Me quedo quieto y con los músculos en tensión, atento por si me ha visto.
Cuando se recorta su silueta contra la intensa luz, veo una figura femenina y, olvidando cualquier precaución, corro hacia ella. Cuando llego a su lado, ella levanta la cabeza y al reconocerme, un brillo acerado se refleja en su mirada. Saca sus pistolas y me apunta a la cabeza. Yo paro en seco y retrocedo unos pocos pasos, intentando alejarme de ella. Cuando va a hablar, supongo que para dar la voz de alarma, un chorro de sangre sale entre sus labios y se desploma hacia delante. Veo a Iris detrás, mi Iris, que aún tiene la humeante pistola en la mano y mira con cara de confusión lo que acaba de causar su dedo al apretar el gatillo.
La cojo de la mano y salimos de allí, no sin antes cerrar la puerta, mientras ella sigue en estado catatónico y yo pienso en lo extraño que debe ser para ella el haberse disparado a sí misma.
Sigo dándole vueltas hasta que llegamos a un pasillo que parece no tener salida, pero si algo me ha enseñado la temporada que he pasado aquí, es que esta gente no construye algo por el mero hecho de ocupar espacio. Examino las paredes y dejo a Iris sentada en el suelo. Cuando no encuentro nada, me vuelvo hacia ella y al ir a ayudarla a levantarse, piso en una baldosa que está un poco suelta. Es raro porque no he encontrado ninguna otra que esté suelta. Levanto a Iris, que parece estar recuperándose, y me ayuda a levantar la pesada losa. Hay un conducto que se hunde en la oscuridad infinita que hay ahí abajo. Nos miramos y damos la mano. El conducto es lo suficientemente ancho para que pasemos los dos a la vez así que contamos hasta tres y, con la sensación de tirarnos a un abismo, saltamos por el conducto que cae en vertical durante unos cuantos metros.
Y la caída sigue y sigue y se prolonga en la impenetrable oscuridad que nos rodea. Quizá no lo haya comentado, pero soy claustrofóbico así que, para mí, ese viaje fue una auténtica tortura.
Al final llegamos aa bajo, suavemente, porque el conducto se ha ido equilibrando durante la caída, muy suavemente.
Solo hay una sala. Y una persona.
Mi padre. ¿Qué hace él aquí?
Capítulo 27
Después de explicarle la historia a Iris, se queda sentada un rato con el ceño fruncido y cara de concentración. Veo que sus labios se mueven, pero no emiten ningún sonido.
En un momento dado alza la cabeza y se queda mirándome a los ojos con intensidad. Me asusta el brillo y la profundidad de su mirada hasta que veo una lágrima rodando por su mejilla.
-Pequeña... -susurro.
Esa parece ser la señal que ella ha estado esperando y rompe a llorar. Yo me agacho a abrazarla pero ella se aparta ligeramente así que me quedo a su lado, con los brazos ligeramente alzados.
Pasado un rato, es ella la que se lanza sobre mí y me abraza, mientras vacía todo el miedo y el estrés de los últimos días en mi hombro, en forma de lágrimas. Yo la abrazo con todas mis fuerzas y así nos quedamos durante varios minutos. Cuando parece que por fin ha parado de llorar, me separo de ella y nos quedamos mirándonos a los ojos, cada uno sumergido en los ojos del otro, intentando leer nuestras almas.
Así estamos cuando empiezan a sonar unos golpes, los dos levantamos la cabeza y miramos alrededor, como salidos de un trance, hasta que descubrimos que los golpes provienen de la puerta por la que entramos.
Recogemos nuestras cosas con parsimonia y nos dirigimos al lado contrario del que vienen los ruidos. Poco a poco, a medida que avanzamos, las luces del pasillo se van apagando detrás de nosotros hasta que oímos un gran estruendo que nos señala que los guardias han conseguido derribar la puerta. Nos miramos y echamos a correr hasta que alcanzamos otra puerta, del mismo tamaño que la anterior, que está entreabierta.
Nos colamos por ella y entramos en una habitación que está totalmente a oscuras. Cerramos la puerta con suavidad y suspiramos con alivio. En el camino hasta aquí, hemos visto varias bifurcaciones, así que con suerte, los guardias se perderán.
Después de recuperar el aliento, echamos mano a nuestras mochilas, tiradas a un lado de cualquier manera, y extraemos nuestras linternas. Alumbramos la sala con los potentes focos, que casi hacen que parezca de día pues las paredes reflejan la luz.
Una silueta que consigue medio ocultarse en una esquina, llama mi atención de inmediato. Me dirijo tranquilamente hacia donde está Iris y le explico en susurros lo que he descubierto. Ella mira por encima de mi hombro a la esquina que la he señalado y asiente de manera casi imperceptible. Seguimos explorando, como si tal cosa, cada uno por un lado de la habitación y nos vamos acercando al sujeto poco a poco. Ya consigo distinguir unos pocos rasgos. Piel clara, no tiene pelo, rasgos poco definidos y una cicatriz que le cruza la cabeza. Un momento, eso no se parece en nada a una cicatriz. Le doy vueltas hasta que, cuando veo que no se mueve, caigo en la cuenta. No es una cicatriz, es una costura. Tenemos delante nuestro a un maniquí.
Siguiendo el mismo sexto sentido que nos trajo hasta aquí, grito:
-¡Al suelo!
Iris y yo nos tiramos al suelo y durante unos segundos no pasa nada pero, cuando ya creo que me he equivocado, una lluvia de dardos pasa sobre nuestras cabezas. Cuando los dardos explotan, sueltan un denso humo que pronto llena toda la sala. Iris y yo nos ahogamos. Lo noto porque, a pesar de nuestros intentos por llegar a la puerta, no somo capaces de dar más que unos pocos pasos.
Nos derrumbamos a pocos pasos de nuestro destino y no somos capaces de resistirnos cuando entran, armando un gran jaleo, unos cuantos guardias con máscaras anti gas. Un recuerdo se abre camino en mi ensombrecida mente, somos Iris y yo guardando nuestras máscaras de gas en las mochilas. Me reprocho no haber pensado en ellas primero.
No puedo mantener la cabeza alzada durante más tiempo. Noto cómo mis pulmones se inundan y pierdo la conciencia lentamente. Lo último que veo es una par de botas negras acercándose cautamente a mí.
Y oigo algo, un grito. Se aleja cada vez más en mi mente sumida en sombras. Pero yo me esfuerzo por atraparlo y cuando lo hago no me cuesta identificarlo.
Es Iris.
En un momento dado alza la cabeza y se queda mirándome a los ojos con intensidad. Me asusta el brillo y la profundidad de su mirada hasta que veo una lágrima rodando por su mejilla.
-Pequeña... -susurro.
Esa parece ser la señal que ella ha estado esperando y rompe a llorar. Yo me agacho a abrazarla pero ella se aparta ligeramente así que me quedo a su lado, con los brazos ligeramente alzados.
Pasado un rato, es ella la que se lanza sobre mí y me abraza, mientras vacía todo el miedo y el estrés de los últimos días en mi hombro, en forma de lágrimas. Yo la abrazo con todas mis fuerzas y así nos quedamos durante varios minutos. Cuando parece que por fin ha parado de llorar, me separo de ella y nos quedamos mirándonos a los ojos, cada uno sumergido en los ojos del otro, intentando leer nuestras almas.
Así estamos cuando empiezan a sonar unos golpes, los dos levantamos la cabeza y miramos alrededor, como salidos de un trance, hasta que descubrimos que los golpes provienen de la puerta por la que entramos.
Recogemos nuestras cosas con parsimonia y nos dirigimos al lado contrario del que vienen los ruidos. Poco a poco, a medida que avanzamos, las luces del pasillo se van apagando detrás de nosotros hasta que oímos un gran estruendo que nos señala que los guardias han conseguido derribar la puerta. Nos miramos y echamos a correr hasta que alcanzamos otra puerta, del mismo tamaño que la anterior, que está entreabierta.
Nos colamos por ella y entramos en una habitación que está totalmente a oscuras. Cerramos la puerta con suavidad y suspiramos con alivio. En el camino hasta aquí, hemos visto varias bifurcaciones, así que con suerte, los guardias se perderán.
Después de recuperar el aliento, echamos mano a nuestras mochilas, tiradas a un lado de cualquier manera, y extraemos nuestras linternas. Alumbramos la sala con los potentes focos, que casi hacen que parezca de día pues las paredes reflejan la luz.
Una silueta que consigue medio ocultarse en una esquina, llama mi atención de inmediato. Me dirijo tranquilamente hacia donde está Iris y le explico en susurros lo que he descubierto. Ella mira por encima de mi hombro a la esquina que la he señalado y asiente de manera casi imperceptible. Seguimos explorando, como si tal cosa, cada uno por un lado de la habitación y nos vamos acercando al sujeto poco a poco. Ya consigo distinguir unos pocos rasgos. Piel clara, no tiene pelo, rasgos poco definidos y una cicatriz que le cruza la cabeza. Un momento, eso no se parece en nada a una cicatriz. Le doy vueltas hasta que, cuando veo que no se mueve, caigo en la cuenta. No es una cicatriz, es una costura. Tenemos delante nuestro a un maniquí.
Siguiendo el mismo sexto sentido que nos trajo hasta aquí, grito:
-¡Al suelo!
Iris y yo nos tiramos al suelo y durante unos segundos no pasa nada pero, cuando ya creo que me he equivocado, una lluvia de dardos pasa sobre nuestras cabezas. Cuando los dardos explotan, sueltan un denso humo que pronto llena toda la sala. Iris y yo nos ahogamos. Lo noto porque, a pesar de nuestros intentos por llegar a la puerta, no somo capaces de dar más que unos pocos pasos.
Nos derrumbamos a pocos pasos de nuestro destino y no somos capaces de resistirnos cuando entran, armando un gran jaleo, unos cuantos guardias con máscaras anti gas. Un recuerdo se abre camino en mi ensombrecida mente, somos Iris y yo guardando nuestras máscaras de gas en las mochilas. Me reprocho no haber pensado en ellas primero.
No puedo mantener la cabeza alzada durante más tiempo. Noto cómo mis pulmones se inundan y pierdo la conciencia lentamente. Lo último que veo es una par de botas negras acercándose cautamente a mí.
Y oigo algo, un grito. Se aleja cada vez más en mi mente sumida en sombras. Pero yo me esfuerzo por atraparlo y cuando lo hago no me cuesta identificarlo.
Es Iris.
domingo, 10 de marzo de 2013
Capítulo 26
Me quedo mirándola fijamente y poco a poco bajo la espada. Ella hace lo mismo y nos quedamos mirándonos, frente a frente. De reojo veo que mi madre tiene una sonrisa de suficiencia en la cara y pienso que, aunque sea lo último que haga, haré que esa sonrisa se borre.
Rápidamente salto hacia Iris y le lanzo un golpe con la empuñadura, destinado a dejarla inconsciente.
Me parece increíble que esté intentando dañar a lo único que en este momento puede salvar al amor de mi vida. Pero en este momento de ciega ira, mi prioridad es acabar con la vida de esa mujer que me mira desde la altura de su silla con cierto aire de desdén.
Mi golpe hiere el lugar donde instantes antes se encontraba Iris pero que ahora solo está ocupado por aire. Me agacho en cuanto oigo un silbido y lo hago justo a tiempo porque una afilada hoja corta el aire en el lugar exacto donde antes estaba mi cabeza. Lanzo una patada hacia atrás y noto que golpeo carne. Barro el suelo con la otra pierna hasta que la pongo detrás de Iris y la hago tropezar en su intento de retroceder.
Ella cae de espaldas, cuan larga es, y yo me levanto mientras apunto con mi espada hacia su pecho, exactamente a la altura del corazón. Ella me mira con esos ojos que antaño conseguían paralizarme pero que ahora solo me causan un leve estremecimiento debido a que no veo en ellos el brillo de inteligencia que se percibía en los de Iris. Sé que solo tengo que tocarla y todo volverá a ser como antes pero cuando me dispongo a hacerlo, su espada corta el aire arrebatámdome la mía en un fluido movimiento que la manda al otro lado de la sala.
Solo tengo que tocarla directamente, pienso mientras me intento defender de sus feroces ataques con mis pequeños cuchillos. Cada vez queda más claro que es superior a mí en cuanto a armamento y velocidad se refiere pero yo confío que mi superior resistencia física me permita atacar cuando ella se canse.
Seguimos intercambiando golpes un rato, hasta que veo mi oportunidad.
Cuando lanza golpes hacia mi cabeza o cuello, deja al descubierto un poco de piel a la altura de la cadera, lo justo para poder posar una mano.
Espero hasta que lo vuelva a hacer y aprovechando el movimiento de agacharme, me impulso hacia delante y toco la parte de piel, que está extraordinariamente caliente, que se deja al descubierto.
Nada más rozarla, una ráfaga de luz recorre mi brazo desde el hombro hasta los dedos desprendiendo mucho calor, tanto que creo que me podría llegar a quemar. La luz se expande por el cuerpo de Iris y ppor un momento tiene la misma intensidad que el brillo de una estrella, pero poco a poco la cantidad de luz se va haciendo soportable.
Cuando por fin puedo mirar, veo a Iris en el suelo aunque aún resplandece un poco y me acerco a ella con cautela. Hasta que me atrevo a tocarla, pasan varios minutos y aún así algo de calor residual queda en su cuerpo porque está increíblemente caliente.
Parece que está dormida y su respiración es regular así que me dedico a examinar la estancia.
Veo una puerta abierta, camuflada tras la silla, por la que supongo que ha escapado mi madre en el altercado con Iris. Cuando despierte, creo que iremos por ella.
Ese es el momento en el que deciden entrar por la puerta principal, la que utilicé yo para entrar, decenas de guardias. Aprovechando que la diferencia de luz les habrá desorientado un poco, cojo a Iris por las axilas y la empiezo a arrastrar hasta la puerta. Nada más cruzar nosotros, esta se cierra y nos quedamos a oscuras. Progresivamente, las luces del pasillo se empiezan a encender y a adquirir potencia. Alumbran con una cálida luz anaranjada que da sensación de estar en un lugar acogedor pero no me dejo engañar.
En ese rato que he estado examinando nuestro nuevo habitáculo, Iris se ha empezado a despertar y cuando vuelvo hacia donde ella, consigue enfocar en mí su vista, aunque se ve que la cuesta, y me dice:
-Hola, pequeño -sonríe mientras lo dice-. ¿Dónde estamos?
-Mejor espera sentada, que es una historia un poco larga.
Rápidamente salto hacia Iris y le lanzo un golpe con la empuñadura, destinado a dejarla inconsciente.
Me parece increíble que esté intentando dañar a lo único que en este momento puede salvar al amor de mi vida. Pero en este momento de ciega ira, mi prioridad es acabar con la vida de esa mujer que me mira desde la altura de su silla con cierto aire de desdén.
Mi golpe hiere el lugar donde instantes antes se encontraba Iris pero que ahora solo está ocupado por aire. Me agacho en cuanto oigo un silbido y lo hago justo a tiempo porque una afilada hoja corta el aire en el lugar exacto donde antes estaba mi cabeza. Lanzo una patada hacia atrás y noto que golpeo carne. Barro el suelo con la otra pierna hasta que la pongo detrás de Iris y la hago tropezar en su intento de retroceder.
Ella cae de espaldas, cuan larga es, y yo me levanto mientras apunto con mi espada hacia su pecho, exactamente a la altura del corazón. Ella me mira con esos ojos que antaño conseguían paralizarme pero que ahora solo me causan un leve estremecimiento debido a que no veo en ellos el brillo de inteligencia que se percibía en los de Iris. Sé que solo tengo que tocarla y todo volverá a ser como antes pero cuando me dispongo a hacerlo, su espada corta el aire arrebatámdome la mía en un fluido movimiento que la manda al otro lado de la sala.
Solo tengo que tocarla directamente, pienso mientras me intento defender de sus feroces ataques con mis pequeños cuchillos. Cada vez queda más claro que es superior a mí en cuanto a armamento y velocidad se refiere pero yo confío que mi superior resistencia física me permita atacar cuando ella se canse.
Seguimos intercambiando golpes un rato, hasta que veo mi oportunidad.
Cuando lanza golpes hacia mi cabeza o cuello, deja al descubierto un poco de piel a la altura de la cadera, lo justo para poder posar una mano.
Espero hasta que lo vuelva a hacer y aprovechando el movimiento de agacharme, me impulso hacia delante y toco la parte de piel, que está extraordinariamente caliente, que se deja al descubierto.
Nada más rozarla, una ráfaga de luz recorre mi brazo desde el hombro hasta los dedos desprendiendo mucho calor, tanto que creo que me podría llegar a quemar. La luz se expande por el cuerpo de Iris y ppor un momento tiene la misma intensidad que el brillo de una estrella, pero poco a poco la cantidad de luz se va haciendo soportable.
Cuando por fin puedo mirar, veo a Iris en el suelo aunque aún resplandece un poco y me acerco a ella con cautela. Hasta que me atrevo a tocarla, pasan varios minutos y aún así algo de calor residual queda en su cuerpo porque está increíblemente caliente.
Parece que está dormida y su respiración es regular así que me dedico a examinar la estancia.
Veo una puerta abierta, camuflada tras la silla, por la que supongo que ha escapado mi madre en el altercado con Iris. Cuando despierte, creo que iremos por ella.
Ese es el momento en el que deciden entrar por la puerta principal, la que utilicé yo para entrar, decenas de guardias. Aprovechando que la diferencia de luz les habrá desorientado un poco, cojo a Iris por las axilas y la empiezo a arrastrar hasta la puerta. Nada más cruzar nosotros, esta se cierra y nos quedamos a oscuras. Progresivamente, las luces del pasillo se empiezan a encender y a adquirir potencia. Alumbran con una cálida luz anaranjada que da sensación de estar en un lugar acogedor pero no me dejo engañar.
En ese rato que he estado examinando nuestro nuevo habitáculo, Iris se ha empezado a despertar y cuando vuelvo hacia donde ella, consigue enfocar en mí su vista, aunque se ve que la cuesta, y me dice:
-Hola, pequeño -sonríe mientras lo dice-. ¿Dónde estamos?
-Mejor espera sentada, que es una historia un poco larga.
sábado, 9 de marzo de 2013
Capítulo 25
Nada más verla, sentada en un sillón blanco y aséptico, y reconocer su voz mi primer instinto es irme corriendo pero consigo quedarme en el sitio. También trato de que en mi semblante no se perciba el miedo que siento y mantengo las piernas muy estiradas para evitar el temblor que me podría hacer caer.
-¿Qué haces aquí? -pregunto sin que me tiemble la voz.
La respuesta tarda en llegar, pero cuando lo hace, no me aclara nada.
-Gobernar -pasados unos minutos en silencio, continua -. Soy la líder de los negros y los blancos y les estoy enfrentando porque eso es lo que conviene a mis intereses. Y a los tuyos. Cuando todo el planeta se esté autodestruyendo, nuestra familia y toda la gente que sufre nuestra enfermedad, se alzará y orgullosos y poderosos controlaremos a todo el mundo trayendo una nueva era de paz a la Tierra.
Me quedo bastante confuso, pero no me atrevo a preguntar nada más por el tinte de locura que tiñe su voz y por el inquietante brillo de sus ojos. Me quedo en la entrada, mirando esos ojos, hasta que una voz más, una que lleva el día muy callada, hace su aparición.
-Le traje como me pidió, señora. La chica está con él.
Veo a Chas mover los labios, pero no entiendo por qué pronuncia esas palabras. ¿Acaso nos ha traicionado?
-Entonces, ¿hiciste el ritual?
Con un mudo asentimiento el que yo creía mi amigo se va hacia donde se encuentra mi madre. Se para a los pies de su silla en inclina la cabeza en señal de respeto.
Yo empiezo a retroceder, pero una mirada de mi madre me detiene en el sitio.
-Supongo que Chas te ha explicado el ritual y las condiciones y todo eso -dice mientras hace un movimiento despectivo con la mano-. Pero yo le encargué que te mintiera. El ritual se puede hacer infinitas veces. De hecho, Chas ya tiene más de trescientos años. Lo que pasa es que es degenerativo así que cuantas más veces lo hagas, más frecuentemente tienes que repetirlo
Me quedo pensando en lo que implica eso. Vidas infinitas, infinitas experiencias, infinitos amores... Todo se resume en una palabra. Inmortalidad.
Mientras yo pienso, mi madre habla pero yo la ignoro. Miro mi brazo y susurro el nombre de Iris. Tal vez sea mi imaginación, pero me da la sensación de que brilla más por un momento.
Antes de poder pensarlo, me doy cuenta de que he sacado las espadas y que me he encarado a mi madre. Salgo corriendo hacia ella y pego un gran salto. Caigo encima de Chas y le corto la cabeza de un solo golpe.
-Resucita ahora -digo con desprecio.
Mi madre a penas ha tenido tiempo de reaccionar y se encuentra aún sentada. Me lanzo de un salto hacia ella y lanzo un golpe dirigido hacia su cuello.
Do sé de dónde pero aparece una espada que bloquea mi golpe y me hace perder el equilibrio. Miro hacia un lado y allí está.
Es Iris.
-¿Qué haces aquí? -pregunto sin que me tiemble la voz.
La respuesta tarda en llegar, pero cuando lo hace, no me aclara nada.
-Gobernar -pasados unos minutos en silencio, continua -. Soy la líder de los negros y los blancos y les estoy enfrentando porque eso es lo que conviene a mis intereses. Y a los tuyos. Cuando todo el planeta se esté autodestruyendo, nuestra familia y toda la gente que sufre nuestra enfermedad, se alzará y orgullosos y poderosos controlaremos a todo el mundo trayendo una nueva era de paz a la Tierra.
Me quedo bastante confuso, pero no me atrevo a preguntar nada más por el tinte de locura que tiñe su voz y por el inquietante brillo de sus ojos. Me quedo en la entrada, mirando esos ojos, hasta que una voz más, una que lleva el día muy callada, hace su aparición.
-Le traje como me pidió, señora. La chica está con él.
Veo a Chas mover los labios, pero no entiendo por qué pronuncia esas palabras. ¿Acaso nos ha traicionado?
-Entonces, ¿hiciste el ritual?
Con un mudo asentimiento el que yo creía mi amigo se va hacia donde se encuentra mi madre. Se para a los pies de su silla en inclina la cabeza en señal de respeto.
Yo empiezo a retroceder, pero una mirada de mi madre me detiene en el sitio.
-Supongo que Chas te ha explicado el ritual y las condiciones y todo eso -dice mientras hace un movimiento despectivo con la mano-. Pero yo le encargué que te mintiera. El ritual se puede hacer infinitas veces. De hecho, Chas ya tiene más de trescientos años. Lo que pasa es que es degenerativo así que cuantas más veces lo hagas, más frecuentemente tienes que repetirlo
Me quedo pensando en lo que implica eso. Vidas infinitas, infinitas experiencias, infinitos amores... Todo se resume en una palabra. Inmortalidad.
Mientras yo pienso, mi madre habla pero yo la ignoro. Miro mi brazo y susurro el nombre de Iris. Tal vez sea mi imaginación, pero me da la sensación de que brilla más por un momento.
Antes de poder pensarlo, me doy cuenta de que he sacado las espadas y que me he encarado a mi madre. Salgo corriendo hacia ella y pego un gran salto. Caigo encima de Chas y le corto la cabeza de un solo golpe.
-Resucita ahora -digo con desprecio.
Mi madre a penas ha tenido tiempo de reaccionar y se encuentra aún sentada. Me lanzo de un salto hacia ella y lanzo un golpe dirigido hacia su cuello.
Do sé de dónde pero aparece una espada que bloquea mi golpe y me hace perder el equilibrio. Miro hacia un lado y allí está.
Es Iris.
Capítulo 24
A pesar de que a penas hemos dormido, nos encaminamos directamente hacia la prisión. A pesar de la oscuridad, mi brazo sirve para alumbrar el camino. Aún no me acostumbro a ver brillar una parte de mi cuerpo.
Chas está más callado de lo normal.
-¿Qué te pasa?
-Estaba pensando.
Aunque espero unos minutos, resulta obvio que no va a decir nada más así que decido seguir caminando en silencio. A medida que nos acercamos a la prisión, vamos aumentando nuestra cautela, y acabamos andando como si fuésemos un cazador, acechando a su presa aunque nadie nos impide el paso hasta la cabaña, que parece endeble a la luz de la luna.
Entramos por la puerta y nos acercamos al ascensor. Cuando bajamos nos asomamos a la carretera que acaba allí pero no hay ni un solo guardia. Como suponía, nos están llevando hacia ellos y nos dejan vía libre.
Supongo que estén impacientes por vernos, ya que les hemos causado multitud de quebraderos de cabeza.
Salimos a la carretera y nos internamos por el primer pasillo blanco que encontramos.
Allí no aparecen los carteles de orientación, pero no hace falta porque el pasillo sigue recto y sin bifurcaciones hasta una gran puerta blanca con un gran punto negro en el medio.
Nos detenemos indecisos ante ella y nos miramos en silencio. Transcurren unos cuantos minutos y cuando estoy a punto de decir que mejor nos vamos, la puerta se abre en total silencio.
Cruzamos una mirada de entendimiento y cruzamos el umbral. Nada más poner los dos pies en la habitación, las puerta se cierra de un portazo tras nosotros, haciéndonos dar un brinco.
La habitación está totalmente a oscuras, pero empezamos a percibir algunas formas confusas a medida que nuestros ojos se acostumbran a la penumbra hasta que acabamos viendo el escaso mobiliario de la sala y al fondo una zona aún más oscura.
Nuestros ojos, ya habituados a la oscuridad, se llenan repentinamente de luz con el fogonazo que emiten los fluorescentes al encenderse. Vemos cientos de puntos negros en la retina. Una voz retumba por la sala:
-¿Qué queréis?
Es una voz que me resulta muy familiar pero que a la vez es diferente de cualquiera que haya oído hasta ahora.
-Solo buscamos a... -vacilo antes de seguir, pues creo que no nos conviene dar demasiada información-. una amiga.
-Aquí no hay nada que os interese ¡Marchaos!
Se ve que nuestra presencia les pone nerviosos por lo que sigo presionando a la vez que mi vista se aclara poco a poco:
-No nos iremos sin lo que hemos venido a buscar -afirmo y estoy particularmente orgulloso de que no me tiemble la voz.
-Pues aquí no encontraréis a Iris, todas las Iris que quedan son "negras" -el desprecio que se percibe en su voz me hace pensar que se refiere a algo más que la raza, ya que Iris no es ni siquiera de tez oscura.
Son más listos de lo que pensaba o están mejor informados, lo que viene a ser lo mismo. Saben que hemos venido a por Iris, a pesar de que nosotros no hayamos dicho nada.
-¿A qué te refieres con "negras"?
-Son traidoras, las que se han pasado al bando negro. Y tú, o estás con ellas o con nosotros.
A eso sí que no sé qué contestar. No me había planteado antes el tener que elegir un bando. De hecho, creo que prefiero seguir por libre. Mi vista ya casi es normal y las formas, antes borrosas, empiezan a definirse.
Intuyo que no les va a gustar mi respuesta incluso antes de que las palabras salgan por mis labios:
-Voy a seguir por libre, esta no es mi guerra.
-Ya lo creo que lo es. De hecho, es por ti -suelta, tras una serie de estrambóticas carcajadas.
-¿Por mí? ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
-Todo, querido, todo.
He reconocido la voz y mi visión ya es normal.
Es mi madre.
Chas está más callado de lo normal.
-¿Qué te pasa?
-Estaba pensando.
Aunque espero unos minutos, resulta obvio que no va a decir nada más así que decido seguir caminando en silencio. A medida que nos acercamos a la prisión, vamos aumentando nuestra cautela, y acabamos andando como si fuésemos un cazador, acechando a su presa aunque nadie nos impide el paso hasta la cabaña, que parece endeble a la luz de la luna.
Entramos por la puerta y nos acercamos al ascensor. Cuando bajamos nos asomamos a la carretera que acaba allí pero no hay ni un solo guardia. Como suponía, nos están llevando hacia ellos y nos dejan vía libre.
Supongo que estén impacientes por vernos, ya que les hemos causado multitud de quebraderos de cabeza.
Salimos a la carretera y nos internamos por el primer pasillo blanco que encontramos.
Allí no aparecen los carteles de orientación, pero no hace falta porque el pasillo sigue recto y sin bifurcaciones hasta una gran puerta blanca con un gran punto negro en el medio.
Nos detenemos indecisos ante ella y nos miramos en silencio. Transcurren unos cuantos minutos y cuando estoy a punto de decir que mejor nos vamos, la puerta se abre en total silencio.
Cruzamos una mirada de entendimiento y cruzamos el umbral. Nada más poner los dos pies en la habitación, las puerta se cierra de un portazo tras nosotros, haciéndonos dar un brinco.
La habitación está totalmente a oscuras, pero empezamos a percibir algunas formas confusas a medida que nuestros ojos se acostumbran a la penumbra hasta que acabamos viendo el escaso mobiliario de la sala y al fondo una zona aún más oscura.
Nuestros ojos, ya habituados a la oscuridad, se llenan repentinamente de luz con el fogonazo que emiten los fluorescentes al encenderse. Vemos cientos de puntos negros en la retina. Una voz retumba por la sala:
-¿Qué queréis?
Es una voz que me resulta muy familiar pero que a la vez es diferente de cualquiera que haya oído hasta ahora.
-Solo buscamos a... -vacilo antes de seguir, pues creo que no nos conviene dar demasiada información-. una amiga.
-Aquí no hay nada que os interese ¡Marchaos!
Se ve que nuestra presencia les pone nerviosos por lo que sigo presionando a la vez que mi vista se aclara poco a poco:
-No nos iremos sin lo que hemos venido a buscar -afirmo y estoy particularmente orgulloso de que no me tiemble la voz.
-Pues aquí no encontraréis a Iris, todas las Iris que quedan son "negras" -el desprecio que se percibe en su voz me hace pensar que se refiere a algo más que la raza, ya que Iris no es ni siquiera de tez oscura.
Son más listos de lo que pensaba o están mejor informados, lo que viene a ser lo mismo. Saben que hemos venido a por Iris, a pesar de que nosotros no hayamos dicho nada.
-¿A qué te refieres con "negras"?
-Son traidoras, las que se han pasado al bando negro. Y tú, o estás con ellas o con nosotros.
A eso sí que no sé qué contestar. No me había planteado antes el tener que elegir un bando. De hecho, creo que prefiero seguir por libre. Mi vista ya casi es normal y las formas, antes borrosas, empiezan a definirse.
Intuyo que no les va a gustar mi respuesta incluso antes de que las palabras salgan por mis labios:
-Voy a seguir por libre, esta no es mi guerra.
-Ya lo creo que lo es. De hecho, es por ti -suelta, tras una serie de estrambóticas carcajadas.
-¿Por mí? ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
-Todo, querido, todo.
He reconocido la voz y mi visión ya es normal.
Es mi madre.
viernes, 8 de marzo de 2013
Capítulo 23
Nos hemos alejado unos cuantos metros del claro donde sigue Iris. Allí, Chas empieza a recoger unas cuantas plantas del suelo mientras yo le miro, hasta que le pregunto:
-¿Te ayudo? -nada más preguntarlo me suena un tanto infantil.
-No. De momento no hace falta que hagas nada.
Sigo de pie en mitad de los arbustos viendo a Chas agachado, arrancando hierbas y flores diversas. De un saco que lleva a la cintura saca un cuenco, donde lo mezcla todo. Después lo machaca y vierte agua. Nada más entrar en contacto con la masa, un siseo asciende desde el bol, mientras una nube de humo grisáceo y sucio asciende hasta alcanzar mi nariz. El aroma es sorprendentemente agradable y recuerda a un día de primavera, con el césped recién cortado, justo cuando acaba de llover. Evoca recuerdos de vacaciones que pasé en el norte, donde llovía casi todos los días.
Cuando me quiero dar cuenta, Chas ya se ha levantado y lleva la mezcla con sumo cuidado hasta el claro donde Iris sigue respirando entrecortadamente.
Siguiendo las indicaciones de Chas, me tumbo al lado de Iris y pongo una mano sobre su corazón. Como él mismo explica el ritual consiste en transportar la conciencia de Iris hasta uno de sus clones, pero para ello necesita ayuda externa. Esa ayuda externa, seré yo. En caso de que no consiga depositar su conciencia en las próximas veinticuatro horas, su mente pasaría a formar parte de mi cuerpo, creando un engendro con dos conciencias habitando en un solo cuerpo, lo que causaría su destrucción.
-Chas, ¿cómo es este ritual? Quiero decir, ¿cómo lo descubriste?
-La verdad es que lo descubrió un antepasado, pero desde entonces lo hemos utilizado todos los miembros de la familia. Yo, por ejemplo, lo uso cada vez que me estoy haciendo viejo, pero solo se puede usar un par de veces así que esta es mi última, llamémoslo, reencarnación, aunque técnicamente sea yo mismo.
-De acuerdo. Entonces, ¿lo único que tengo que hacer es encontrar a un clon de Iris y tocarle?
-Exacto, en cuanto lo toques, su conciencia se introducirá en el clon. Pero recuerda, no tardes más de un día.
Nos ofrece a beber del cuenco. Yo me bebo más o menos la mitad y hacemos que Iris trague lo que resta. Me vuelvo a tumbar y pongo la mano en su corazón. Oigo que Chas empieza a realizar unos cantos guturales y a medida que avanza su canción, me introduzco cada vez más en un mundo de sombras.
Estoy rodeado de oscuridad. Puedo percibir mi cuerpo, aunque no soy capaz de verlo. Me acerco una mano a la cara, pero no veo ni la más mínima sombra. Un punto de luz diminuto se comienza a ver en la distancia. Me encamino hacia él y, a pesar de lo lejos que parecía, en unos pocos minutos ya estoy delante suyo. Es una estrella enorme. Acerco la mano a ella, pero no quema. Solo siento un ligero cosquilleo que me recorre el brazo y se extiende hacia el resto del cuerpo. Ese cosquilleo se transforma en un temblor, que cada vez va aumentando la intensidad. Intento retirar el brazo, pero no puedo porque se me ha quedado como congelado.
A pesar de que utilizo todas mis fuerzas, no consigo desplazarme ni un centímetro. De repente, la estrella empieza a menguar y con ella el temblor que me sacude. Llega un momento en el que la inmensa estrella que fuera, se convierte en una diminuta chispa, que no tarda en unirse a mi brazo. Ahora mi brazo me ilumina el camino, pero no me hace falta. Siento un tirón en el estómago que me propulsa lejos de esa tibia oscuridad que me rodeaba.
Estoy aún tumbado en el claro, mirando las estrellas y siento a mi lado la calidez del cuerpo de Iris. Pero hay algo que está mal. Mi mano, que continua sobre su pecho, busca el familiar latido de su corazón, pero no lo consigue encontrar. Levanto el brazo y le busco el pulso en la muñeca y el cuello, pero no hay suerte. A pesar de que ya sabía lo que iba a pasar, me asusto y rompo a llorar sobre Iris, que está cada vez más fría.
-Tranquilo, mírate el brazo.
Hago lo que Chas me ordena y veo que mi brazo brilla ligeramente en la penumbra que nos rodea. Me concentro en esa parte del cuerpo y siento un latido que no tendría que estar ahí.
Es Iris. Está viva.
-¿Te ayudo? -nada más preguntarlo me suena un tanto infantil.
-No. De momento no hace falta que hagas nada.
Sigo de pie en mitad de los arbustos viendo a Chas agachado, arrancando hierbas y flores diversas. De un saco que lleva a la cintura saca un cuenco, donde lo mezcla todo. Después lo machaca y vierte agua. Nada más entrar en contacto con la masa, un siseo asciende desde el bol, mientras una nube de humo grisáceo y sucio asciende hasta alcanzar mi nariz. El aroma es sorprendentemente agradable y recuerda a un día de primavera, con el césped recién cortado, justo cuando acaba de llover. Evoca recuerdos de vacaciones que pasé en el norte, donde llovía casi todos los días.
Cuando me quiero dar cuenta, Chas ya se ha levantado y lleva la mezcla con sumo cuidado hasta el claro donde Iris sigue respirando entrecortadamente.
Siguiendo las indicaciones de Chas, me tumbo al lado de Iris y pongo una mano sobre su corazón. Como él mismo explica el ritual consiste en transportar la conciencia de Iris hasta uno de sus clones, pero para ello necesita ayuda externa. Esa ayuda externa, seré yo. En caso de que no consiga depositar su conciencia en las próximas veinticuatro horas, su mente pasaría a formar parte de mi cuerpo, creando un engendro con dos conciencias habitando en un solo cuerpo, lo que causaría su destrucción.
-Chas, ¿cómo es este ritual? Quiero decir, ¿cómo lo descubriste?
-La verdad es que lo descubrió un antepasado, pero desde entonces lo hemos utilizado todos los miembros de la familia. Yo, por ejemplo, lo uso cada vez que me estoy haciendo viejo, pero solo se puede usar un par de veces así que esta es mi última, llamémoslo, reencarnación, aunque técnicamente sea yo mismo.
-De acuerdo. Entonces, ¿lo único que tengo que hacer es encontrar a un clon de Iris y tocarle?
-Exacto, en cuanto lo toques, su conciencia se introducirá en el clon. Pero recuerda, no tardes más de un día.
Nos ofrece a beber del cuenco. Yo me bebo más o menos la mitad y hacemos que Iris trague lo que resta. Me vuelvo a tumbar y pongo la mano en su corazón. Oigo que Chas empieza a realizar unos cantos guturales y a medida que avanza su canción, me introduzco cada vez más en un mundo de sombras.
Estoy rodeado de oscuridad. Puedo percibir mi cuerpo, aunque no soy capaz de verlo. Me acerco una mano a la cara, pero no veo ni la más mínima sombra. Un punto de luz diminuto se comienza a ver en la distancia. Me encamino hacia él y, a pesar de lo lejos que parecía, en unos pocos minutos ya estoy delante suyo. Es una estrella enorme. Acerco la mano a ella, pero no quema. Solo siento un ligero cosquilleo que me recorre el brazo y se extiende hacia el resto del cuerpo. Ese cosquilleo se transforma en un temblor, que cada vez va aumentando la intensidad. Intento retirar el brazo, pero no puedo porque se me ha quedado como congelado.
A pesar de que utilizo todas mis fuerzas, no consigo desplazarme ni un centímetro. De repente, la estrella empieza a menguar y con ella el temblor que me sacude. Llega un momento en el que la inmensa estrella que fuera, se convierte en una diminuta chispa, que no tarda en unirse a mi brazo. Ahora mi brazo me ilumina el camino, pero no me hace falta. Siento un tirón en el estómago que me propulsa lejos de esa tibia oscuridad que me rodeaba.
Estoy aún tumbado en el claro, mirando las estrellas y siento a mi lado la calidez del cuerpo de Iris. Pero hay algo que está mal. Mi mano, que continua sobre su pecho, busca el familiar latido de su corazón, pero no lo consigue encontrar. Levanto el brazo y le busco el pulso en la muñeca y el cuello, pero no hay suerte. A pesar de que ya sabía lo que iba a pasar, me asusto y rompo a llorar sobre Iris, que está cada vez más fría.
-Tranquilo, mírate el brazo.
Hago lo que Chas me ordena y veo que mi brazo brilla ligeramente en la penumbra que nos rodea. Me concentro en esa parte del cuerpo y siento un latido que no tendría que estar ahí.
Es Iris. Está viva.
jueves, 7 de marzo de 2013
Capítulo 22
Tardamos más de una semana en llegar y solo lo conseguimos gracias a la habilidad de rastreo de Chas. Si no hubiera sido por él, nos habríamos quedado en el camino. También influye en la tardanza que tengamos que pararnos a esquivar todas las patrullas de guardias, lo que se hace más difícil a medida que nos acercamos a la prisión, pues aumentan el número de patrullas, la cantidad de efectivos e incluso vemos que algunos, a parte de los frecuentes perros, llevan armaduras parecidas a la que porta Chas.
Desde que entramos por la alambrada, todos sabemos que nos están vigilando pero mientras no nos ataquen, nos da igual. Continuamos viaje bajo un tupido manto de hojas, que dan una refrescante sombra en estos días de mediados de verano. Bajo esta penumbra verde, todo tiene un tinte de irreal, que da sensación de seguridad. A pesar de esta sensación, siempre mantenemos cerca nuestras armas, por si acaso.
El séptimo día avistamos la prisión y decidimos acampar antes de entrar, para estar descansados en el crucial momento en el que entremos.
Esa noche, nos acosan las inseguridades típicas de antes de un momento importante pero hay algo que nos ronda, que nada tiene que ver con lo psicológico. Durante toda la noche hay pasos alrededor de nuestro reducido campamento. A causa de esto, no podemos pegar ojo y a la mañana siguiente no nos atrevemos a entrar. Así estamos durante varios días, hasta que nos empezamos a acostumbrar a los pasos y nos sumimos en un duermevela poco profundo. Por eso, a penas nos sorprende que unas oscuras sombras se abalancen sobre nosotros. Nos ponemos en pie rápidamente mientras cogemos nuestras armas y nos movemos en círculos, escudriñando las sombras. No queda ni rastro de lo que saltara sobre nosotros pero cuando estamos bajando la guardia, vuelven a saltar. En un acto reflejo, alzo mi espada y un ser grotesco queda ensartado en ella.
Un travieso rayo de luz se cuela entre el denso follaje, iluminando la escena. Acabo de atravesar a un clon mío, pero no un clon como los otros que he conocido. Este tiene el aspecto de un niño de poco más de diez años aunque el brillo de locura febril que alumbra su mirada indica lo contrario. Indica que ha visto lo invisible, más allá de lo que cualquiera tendría que ver. Esa mirada inspira el pavor que sienten las presas ante un depredador.
Pero ellos no son depredadores. El único depredador soy yo.
Me alzo, con la espada en la que aún está ensartado el que fuera yo. Con un brusco movimiento, el cuerpo resbala a lo largo de toda la hoja. Aún goteando sangre, me introduzco entre los arbustos que rodean el claro donde nos encontrábamos y uno a uno voy acabando con todos los clones que me encuentro.
Sumido en la locura asesina, no me doy cuenta de que he vuelto al claro y me lanzo hacia una figura que está de espaldas a mí, mientras pienso que es una presa fácil. Salto, totalmente en silencio. Cuando ya estoy bajando, la luna revela las femeninas formas de mi objetivo.
La luz se cuela en mi mente, rescatándome de ese estado catatónico en el que me encontraba sumido. Recuerdo que no he encontrado ningún clon femenino en mi rodeo al claro.
Ella se da la vuelta y la veo la cara. Miro a sus espantados y sorprendidos ojos. Veo que empieza a levantar las manos, para protegerse.
Me he lanzado a un ataque suicida, porque si ella muere, yo también. Intento desviar el golpe, pero va con demasiada potencia. Sigo cayendo aunque ahora me parece que es más lento. Mientras caigo me da tiempo a soltar una lágrima que se desvanece en la noche. Las espadas hieren la carne y un alarido suena junto a mi oreja. Un formidable golpe me manda volando varios metros y cuando caigo ruedo, poniéndome de nuevo en pie. Uno de los canes me ha atacado, salvando la vida de Iris, porque aunque conseguí desviar lo suficiente el golpe como para no matarla, si hubiera continuado tan solo un momento más, Iris hubiera perdido el brazo.
Chas sostiene una gruesa cadena, que mantiene al perro alejado de Iris y de mí.
Iris está en el suelo. Corro hacia ella y me arrodillo a su lado. Ella me mira, con ojos turbios y dice, en un susurro:
-Esto es un adión, ¿no, pequeño? -siempre me llama pequeña, para vacilarme, pero que esta vez use el adjetivo en masculino me revela la importancia del momento.
-Dijimos que pasaríamos todas las vidas juntos. Si tú te vas, yo también -digo con lágrimas rodándome por las mejillas.
-De eso nada -intenta sonreír, pero solo consigue esbozar una mueca de dolor-. Tú tienes que llegar al fondo de todo este asunto.
Chas se ha unido a nosotros y observa la escena impasible.
-Podríais intentar una cosa...
-¿El qué?
En este momento haría cualquier cosa que me permita salvar a Iris.
-Ayúdame a prepararlo todo. Es un ritual largo.
Despidiéndome con un beso y un "te quiero" de Iris, me levanto y sigo a Chas que se ha internado en la espesura.
Si no nos damos prisa, seguiré a Iris a las demás vidas.
Desde que entramos por la alambrada, todos sabemos que nos están vigilando pero mientras no nos ataquen, nos da igual. Continuamos viaje bajo un tupido manto de hojas, que dan una refrescante sombra en estos días de mediados de verano. Bajo esta penumbra verde, todo tiene un tinte de irreal, que da sensación de seguridad. A pesar de esta sensación, siempre mantenemos cerca nuestras armas, por si acaso.
El séptimo día avistamos la prisión y decidimos acampar antes de entrar, para estar descansados en el crucial momento en el que entremos.
Esa noche, nos acosan las inseguridades típicas de antes de un momento importante pero hay algo que nos ronda, que nada tiene que ver con lo psicológico. Durante toda la noche hay pasos alrededor de nuestro reducido campamento. A causa de esto, no podemos pegar ojo y a la mañana siguiente no nos atrevemos a entrar. Así estamos durante varios días, hasta que nos empezamos a acostumbrar a los pasos y nos sumimos en un duermevela poco profundo. Por eso, a penas nos sorprende que unas oscuras sombras se abalancen sobre nosotros. Nos ponemos en pie rápidamente mientras cogemos nuestras armas y nos movemos en círculos, escudriñando las sombras. No queda ni rastro de lo que saltara sobre nosotros pero cuando estamos bajando la guardia, vuelven a saltar. En un acto reflejo, alzo mi espada y un ser grotesco queda ensartado en ella.
Un travieso rayo de luz se cuela entre el denso follaje, iluminando la escena. Acabo de atravesar a un clon mío, pero no un clon como los otros que he conocido. Este tiene el aspecto de un niño de poco más de diez años aunque el brillo de locura febril que alumbra su mirada indica lo contrario. Indica que ha visto lo invisible, más allá de lo que cualquiera tendría que ver. Esa mirada inspira el pavor que sienten las presas ante un depredador.
Pero ellos no son depredadores. El único depredador soy yo.
Me alzo, con la espada en la que aún está ensartado el que fuera yo. Con un brusco movimiento, el cuerpo resbala a lo largo de toda la hoja. Aún goteando sangre, me introduzco entre los arbustos que rodean el claro donde nos encontrábamos y uno a uno voy acabando con todos los clones que me encuentro.
Sumido en la locura asesina, no me doy cuenta de que he vuelto al claro y me lanzo hacia una figura que está de espaldas a mí, mientras pienso que es una presa fácil. Salto, totalmente en silencio. Cuando ya estoy bajando, la luna revela las femeninas formas de mi objetivo.
La luz se cuela en mi mente, rescatándome de ese estado catatónico en el que me encontraba sumido. Recuerdo que no he encontrado ningún clon femenino en mi rodeo al claro.
Ella se da la vuelta y la veo la cara. Miro a sus espantados y sorprendidos ojos. Veo que empieza a levantar las manos, para protegerse.
Me he lanzado a un ataque suicida, porque si ella muere, yo también. Intento desviar el golpe, pero va con demasiada potencia. Sigo cayendo aunque ahora me parece que es más lento. Mientras caigo me da tiempo a soltar una lágrima que se desvanece en la noche. Las espadas hieren la carne y un alarido suena junto a mi oreja. Un formidable golpe me manda volando varios metros y cuando caigo ruedo, poniéndome de nuevo en pie. Uno de los canes me ha atacado, salvando la vida de Iris, porque aunque conseguí desviar lo suficiente el golpe como para no matarla, si hubiera continuado tan solo un momento más, Iris hubiera perdido el brazo.
Chas sostiene una gruesa cadena, que mantiene al perro alejado de Iris y de mí.
Iris está en el suelo. Corro hacia ella y me arrodillo a su lado. Ella me mira, con ojos turbios y dice, en un susurro:
-Esto es un adión, ¿no, pequeño? -siempre me llama pequeña, para vacilarme, pero que esta vez use el adjetivo en masculino me revela la importancia del momento.
-Dijimos que pasaríamos todas las vidas juntos. Si tú te vas, yo también -digo con lágrimas rodándome por las mejillas.
-De eso nada -intenta sonreír, pero solo consigue esbozar una mueca de dolor-. Tú tienes que llegar al fondo de todo este asunto.
Chas se ha unido a nosotros y observa la escena impasible.
-Podríais intentar una cosa...
-¿El qué?
En este momento haría cualquier cosa que me permita salvar a Iris.
-Ayúdame a prepararlo todo. Es un ritual largo.
Despidiéndome con un beso y un "te quiero" de Iris, me levanto y sigo a Chas que se ha internado en la espesura.
Si no nos damos prisa, seguiré a Iris a las demás vidas.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Capítulo 21
Ahora que recuerdo todo lo sucedido,Iris me pone al día en cuanto nos refrescamos con una cerveza bien fría. Me cuenta que cuando me secuestraron en el bosque, me quisieron llevar de vuelta a la prisión, pero recibieron un mensaje que trajo otro guardia en un coche y decidieron traerme hasta aquí. Ellos les siguieron hasta para poder llegar hasta la ciudad, porque no sabían dónde se encontraban. Durante tres días, siguieron a la furgoneta hasta que llegaron a la periferia de la ciudad.
Cuando acaba de relatarme esta odisea, inquiero sobre nuestro amigo. Ella dice que no ha querido decir nada hasta que estuviera yo también. Él, que ha estado escuchando en silencio hasta este momento, vuelve en sí y centra su atención en nosotros.
-Es verdad que lo dije y creo que ya es hora de que cumpla mi palabra. Veréis, mi nombre es Cha Sa Ton'Ga, pero me podéis llamar Chas. Provengo de una tribu, la tribu Dakota. Mi nombre significa "Pequeño Gran Hombre". No sé por qué me llamaron así, pero da igual. El caso es que tu familia no es la única que tiene esa enfermedad. En mi familia se ha ido transmitiendo durante muchas generaciones hasta llegar a mí. Cuando me la diagnosticaron, tu Gobierno comenzó acciones legales para que le concedieran mi custodia porque mi madre murió en el parto. Cuando la obtuvieron, desaparecí del mapa. Me llevaron a esa cárcel y me convencieron para que me uniera a ellos. Me adiestraron y me enseñaron a usar esa armadura, pero yo nunca acabé de congeniar con sus ideas. Por eso me uní a vosotros. Me han hecho hacer cosas terribles y se las quiero devolver todas juntas.
Nos quedamos bastante impresionados con su historia y la estamos comentando durante varios minutos, hasta que llaman a la puerta.
Nos callamos y nos dirigimos a por nuestras armas. Cuando ya estamos debidamente pertrechados vamos a la puerta y miramos por la mirilla. Allí está Iris, la embarazada, con... mi madre detrás. Decidimos no abrir y volvemos a la cocina. Nada más sentarnos unas bombas de humo entran por las ventanas abiertas. Chas, que tiene puesta la armadura, es el único que no tose. Ahora que me doy cuenta, tiene arreglado el cristal. No tengo tiempo para pensar en eso. Me concentro en mantener la respiración mientras intento salir de la casa. Me lloran los ojos, pero aún así veo cómo entran unos guardias y también a Iris corriendo, ignorante, hacia ellos. Me lanzo en su persecución y grito su nombre. Ella se detiene pero por desgracia los guardias, que tampoco la habían visto, también me oyen. Miran hacia donde nos encontramos. Echamos a correr y salimos al salón. Allí, que el humo es menos espeso, nos detenemos y esperamos con las armas desenfundadas.
Empiezan a llegar guardias por todas las entradas, incluidas las ventanas. Nos apuntan con sus armas pero nosotros nos mantenemos firmes. Con un grito, Iris y yo saltamos con todas nuestras fuerzas mientras ella vacía sus pistolas en los alucinados guardias que se encuentran bajo nosotros.
Conseguimos abrir una brecha lo suficientemente grande para pasar y salimos disparados hacia el jardín delantero.
Atropellamos a una señora, que creo que es mi madre, en nuestra precipitada huida. Seguimos corriendo hasta llegar a mi casa, que se encuentra a un par de kilómetros. Chas aparece por una esquina pocos minutos más tarde que nosotros, aún con la armadura puesta.
Nos saludamos con un breve asentimiento de cabeza y echamos a andar. Nadie dice cuál es nuestro destino. No hace falta.
Volvemos a la prisión.
Cuando acaba de relatarme esta odisea, inquiero sobre nuestro amigo. Ella dice que no ha querido decir nada hasta que estuviera yo también. Él, que ha estado escuchando en silencio hasta este momento, vuelve en sí y centra su atención en nosotros.
-Es verdad que lo dije y creo que ya es hora de que cumpla mi palabra. Veréis, mi nombre es Cha Sa Ton'Ga, pero me podéis llamar Chas. Provengo de una tribu, la tribu Dakota. Mi nombre significa "Pequeño Gran Hombre". No sé por qué me llamaron así, pero da igual. El caso es que tu familia no es la única que tiene esa enfermedad. En mi familia se ha ido transmitiendo durante muchas generaciones hasta llegar a mí. Cuando me la diagnosticaron, tu Gobierno comenzó acciones legales para que le concedieran mi custodia porque mi madre murió en el parto. Cuando la obtuvieron, desaparecí del mapa. Me llevaron a esa cárcel y me convencieron para que me uniera a ellos. Me adiestraron y me enseñaron a usar esa armadura, pero yo nunca acabé de congeniar con sus ideas. Por eso me uní a vosotros. Me han hecho hacer cosas terribles y se las quiero devolver todas juntas.
Nos quedamos bastante impresionados con su historia y la estamos comentando durante varios minutos, hasta que llaman a la puerta.
Nos callamos y nos dirigimos a por nuestras armas. Cuando ya estamos debidamente pertrechados vamos a la puerta y miramos por la mirilla. Allí está Iris, la embarazada, con... mi madre detrás. Decidimos no abrir y volvemos a la cocina. Nada más sentarnos unas bombas de humo entran por las ventanas abiertas. Chas, que tiene puesta la armadura, es el único que no tose. Ahora que me doy cuenta, tiene arreglado el cristal. No tengo tiempo para pensar en eso. Me concentro en mantener la respiración mientras intento salir de la casa. Me lloran los ojos, pero aún así veo cómo entran unos guardias y también a Iris corriendo, ignorante, hacia ellos. Me lanzo en su persecución y grito su nombre. Ella se detiene pero por desgracia los guardias, que tampoco la habían visto, también me oyen. Miran hacia donde nos encontramos. Echamos a correr y salimos al salón. Allí, que el humo es menos espeso, nos detenemos y esperamos con las armas desenfundadas.
Empiezan a llegar guardias por todas las entradas, incluidas las ventanas. Nos apuntan con sus armas pero nosotros nos mantenemos firmes. Con un grito, Iris y yo saltamos con todas nuestras fuerzas mientras ella vacía sus pistolas en los alucinados guardias que se encuentran bajo nosotros.
Conseguimos abrir una brecha lo suficientemente grande para pasar y salimos disparados hacia el jardín delantero.
Atropellamos a una señora, que creo que es mi madre, en nuestra precipitada huida. Seguimos corriendo hasta llegar a mi casa, que se encuentra a un par de kilómetros. Chas aparece por una esquina pocos minutos más tarde que nosotros, aún con la armadura puesta.
Nos saludamos con un breve asentimiento de cabeza y echamos a andar. Nadie dice cuál es nuestro destino. No hace falta.
Volvemos a la prisión.
martes, 5 de marzo de 2013
Capítulo 20
Estoy empezando a hartarme de esto de desmayarme cada dos por tres. Tengo la sensación de que en la última semana he estado más tiempo inconsciente que despierto. De golpe, recuerdo a Iris y me pregunto dónde estará. Recuerdo que se fue con Magdalena pero no sé si volvió o no. Sigo indagando en mi memoria y me acuerdo de las últimas escenas que viví antes de desmayarme. Escandalizado, me pongo en pie, aunque me mareo, y aprovecho para mirar dónde me encuentro.
Estoy en una habitación muy oscura, con techos bajos y sin ventanas. Las pareces son de hormigón y una escalera sube hasta una puerta bajo la cual entra una finísima rendija de luz. Debido a todo esto, supongo que estoy en un sótano. Observo la decoración. Hay un sofá que es donde he despertado; una televisión que intento encender pero que no funciona; una mesa de billar y algunos muebles viejos. Estoy en el sótano de Iris. Lo reconocería en cualquier parte. Me vienen a la mente todas las tardes que pasamos juntos, una en especial: "Iris y yo estamos tumbados en el sofá cada uno con una cerveza. Nos estamos riendo. Se oye el sonido que hace la lluvia al caer pero no nos importa, al igual que no nos importa la película que se supone estamos viendo. Nosotros seguimos tumbados en el sofá, bajo una manta. Estamos manteniendo una conversación, pero hay un fragmento que no se me va de la cabeza:
-Dániel, te quiero -es la primera vez que me lo dice y acto seguido hunde la cabeza en mi pecho y yo la abrazo con fuerza.
-Yo también te quiero, Iris. ¿Me prometes una cosa?
-¿El qué? -me mira con curiosidad.
-Dime que vas a pasar toda tu vida conmigo.
-Ésta y todas.
Nos fundimos en un largo beso que parece no tener fin, hasta que un fuerte trueno parece derrumbar la casa y nos caemos al suelo. Allí rodamos entre risas hasta que acabamos encima de una alfombra. Allí nos quedamos, aún riendo."
Mientras todas estas imágenes me vienen a la mente, me dirijo hacia el sofá donde me tumbo, dispuesto a pasar allí todas las horas que queden hasta que me vengan a buscar. Tras unas cuantas horas que paso dormitando, la puerta se abre, de manera estruendosa, haciendo que me despierte y me ponga en pie con una velocidad y unos reflejos que no sabía que tenía.
Aparece Iris, pero no mi Iris, por la puerta. Corro hacia ella y cargo con el hombro, ella me esquiva y me hace una llave con la que consigue tirarme al suelo.
-¿De verdad no has recordado nada? ¿Qué te han hecho?
Me libro de responder gracias a que el chico que controlaba la extraña armadura que consiguió abatirme está bajando las escaleras. Es muy alto y ancho de hombros, muy musculado. Tiene la tez muy morena, como si le hubiera estado dando el sol durante varios días seguidos.
-¿Qué tal está?
-No recuerda nada.
-Quizá tengamos que pasar a terapias más... activas
-Ya te he dicho que no lo vamos a hacer. Me niego en rotundo
Tras este intercambio, del que yo no entiendo nada, los dos se vuelven hacia mí y me observan durante varios minutos, de hito en hito, hasta que les digo:
-¿Tengo monos en la cara o qué?
Ambos se echan a reír sin contestarme. Yo me enfado y enfilo hacia la puerta con toda la dignidad de la que soy capaz, que ahora mismo no es mucha.
Llega a mis oídos una canción. Es la canción que escuchamos Iris y yo en nuestra primera cita y aunque nunca llegó a ser "nuestra canción", siempre ha tenido un gran significado para nosotros. Me giro lentamente y veo a Iris, tarareando con los ojos llenos de lágrimas. Un repentino impulso me hace correr hacia ella y abrazarla. Tras darme cuenta de lo que he hecho, aprovecho y le robo el cuchillo que lleva a la cintura. Amenazo a los dos con él, mientras me dirijo hacia la puerta
.A pesar de todo, Iris sigue cantando y acercándose a mí. Mi mano tiembla como si llevara en esa posición muchas horas seguidas. Al final dejo caer el cuchillo y me arrodillo en el suelo.
Un aluvión de imágenes inunda mi mente, aumentando la fatiga que me aflige en este momento. Iris y yo, viviendo aventuras que no puedo ni imaginar, cientos de yo rodeándome, a mí blandiendo una espada como si lo hubiera estado haciendo durante toda mi vida, con Iris al lado (esta Iris) con sus fieles pistolas.
Por fin comprendo qué es lo raro que he visto en la otra Iris. Su frialdad, sus gestos forzados... todo cobra un nuevo sentido ante mis ojos.
Creo que me voy a desmayar de nuevo pero lucho contra la sensación y todo queda en un mareo.
Alzo la mirada y veo a Iris, arrodillada ante mí, escudriñándome el semblante. Le sonrío y ella hace lo propio en respuesta.
Nos levantamos a la vez y nos fundimos en un beso que nos hace olvidar la situación que estamos viviendo, hasta que nuestro moreno amigo dice, tras un leve carraspeo destinado a llamar nuestra atención:
-Todo esto está muy bien y es muy bonito, pero hay cosas más importantes que hacer -se da media vuelta y sube por las escaleras.
Yo recojo el cuchillo de Iris y se lo tiendo:
-Toma, es tuyo.
-Ya no, ahora es tuyo. Tómatelo como mi regalo de bienvenida... o más bien de regreso.
Nos cogemos de la mano y subimos en pos de nuestro moreno amigo.
Creo que le voy a tener que preguntar su nombre.
Estoy en una habitación muy oscura, con techos bajos y sin ventanas. Las pareces son de hormigón y una escalera sube hasta una puerta bajo la cual entra una finísima rendija de luz. Debido a todo esto, supongo que estoy en un sótano. Observo la decoración. Hay un sofá que es donde he despertado; una televisión que intento encender pero que no funciona; una mesa de billar y algunos muebles viejos. Estoy en el sótano de Iris. Lo reconocería en cualquier parte. Me vienen a la mente todas las tardes que pasamos juntos, una en especial: "Iris y yo estamos tumbados en el sofá cada uno con una cerveza. Nos estamos riendo. Se oye el sonido que hace la lluvia al caer pero no nos importa, al igual que no nos importa la película que se supone estamos viendo. Nosotros seguimos tumbados en el sofá, bajo una manta. Estamos manteniendo una conversación, pero hay un fragmento que no se me va de la cabeza:
-Dániel, te quiero -es la primera vez que me lo dice y acto seguido hunde la cabeza en mi pecho y yo la abrazo con fuerza.
-Yo también te quiero, Iris. ¿Me prometes una cosa?
-¿El qué? -me mira con curiosidad.
-Dime que vas a pasar toda tu vida conmigo.
-Ésta y todas.
Nos fundimos en un largo beso que parece no tener fin, hasta que un fuerte trueno parece derrumbar la casa y nos caemos al suelo. Allí rodamos entre risas hasta que acabamos encima de una alfombra. Allí nos quedamos, aún riendo."
Mientras todas estas imágenes me vienen a la mente, me dirijo hacia el sofá donde me tumbo, dispuesto a pasar allí todas las horas que queden hasta que me vengan a buscar. Tras unas cuantas horas que paso dormitando, la puerta se abre, de manera estruendosa, haciendo que me despierte y me ponga en pie con una velocidad y unos reflejos que no sabía que tenía.
Aparece Iris, pero no mi Iris, por la puerta. Corro hacia ella y cargo con el hombro, ella me esquiva y me hace una llave con la que consigue tirarme al suelo.
-¿De verdad no has recordado nada? ¿Qué te han hecho?
Me libro de responder gracias a que el chico que controlaba la extraña armadura que consiguió abatirme está bajando las escaleras. Es muy alto y ancho de hombros, muy musculado. Tiene la tez muy morena, como si le hubiera estado dando el sol durante varios días seguidos.
-¿Qué tal está?
-No recuerda nada.
-Quizá tengamos que pasar a terapias más... activas
-Ya te he dicho que no lo vamos a hacer. Me niego en rotundo
Tras este intercambio, del que yo no entiendo nada, los dos se vuelven hacia mí y me observan durante varios minutos, de hito en hito, hasta que les digo:
-¿Tengo monos en la cara o qué?
Ambos se echan a reír sin contestarme. Yo me enfado y enfilo hacia la puerta con toda la dignidad de la que soy capaz, que ahora mismo no es mucha.
Llega a mis oídos una canción. Es la canción que escuchamos Iris y yo en nuestra primera cita y aunque nunca llegó a ser "nuestra canción", siempre ha tenido un gran significado para nosotros. Me giro lentamente y veo a Iris, tarareando con los ojos llenos de lágrimas. Un repentino impulso me hace correr hacia ella y abrazarla. Tras darme cuenta de lo que he hecho, aprovecho y le robo el cuchillo que lleva a la cintura. Amenazo a los dos con él, mientras me dirijo hacia la puerta
.A pesar de todo, Iris sigue cantando y acercándose a mí. Mi mano tiembla como si llevara en esa posición muchas horas seguidas. Al final dejo caer el cuchillo y me arrodillo en el suelo.
Un aluvión de imágenes inunda mi mente, aumentando la fatiga que me aflige en este momento. Iris y yo, viviendo aventuras que no puedo ni imaginar, cientos de yo rodeándome, a mí blandiendo una espada como si lo hubiera estado haciendo durante toda mi vida, con Iris al lado (esta Iris) con sus fieles pistolas.
Por fin comprendo qué es lo raro que he visto en la otra Iris. Su frialdad, sus gestos forzados... todo cobra un nuevo sentido ante mis ojos.
Creo que me voy a desmayar de nuevo pero lucho contra la sensación y todo queda en un mareo.
Alzo la mirada y veo a Iris, arrodillada ante mí, escudriñándome el semblante. Le sonrío y ella hace lo propio en respuesta.
Nos levantamos a la vez y nos fundimos en un beso que nos hace olvidar la situación que estamos viviendo, hasta que nuestro moreno amigo dice, tras un leve carraspeo destinado a llamar nuestra atención:
-Todo esto está muy bien y es muy bonito, pero hay cosas más importantes que hacer -se da media vuelta y sube por las escaleras.
Yo recojo el cuchillo de Iris y se lo tiendo:
-Toma, es tuyo.
-Ya no, ahora es tuyo. Tómatelo como mi regalo de bienvenida... o más bien de regreso.
Nos cogemos de la mano y subimos en pos de nuestro moreno amigo.
Creo que le voy a tener que preguntar su nombre.
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